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El hambre de las TIC

La gran mayoría de los seres humanos tienen una reacción adversa a las malas noticias. Tal vez por eso muchas personas hacen un esfuerzo premeditado para evitar escuchar relatos que incomoden o les haga contemplar que el mundo es más amplio que la zona de confort a la que se está acostumbrado. Quizás, como Pilatos, sea una forma de lavarse las manos pues si no se conocen las desgracias ajenas es muy difícil sentir algún tipo de culpabilidad.

El sector de las telecomunicaciones, al estar integrado por personas, no se libra de las bondades de la naturaleza humana. Por esta razón, es inevitable escuchar constantemente miles de razones por las que la mitad de la población del planeta no está conectada a servicios de banda ancha. Aparentemente es un gran misterio que requiere la celebración de incontables conferencias magistrales y la convocación de todo tipo de expertos que iluminen las tinieblas que rodean a este gran misterio.

Como era de esperar, las respuestas a esta incógnita son numerosas pues el problema es sumamente complejo. Hay quienes se atreven a señalar que la principal falta de adopción de nuevas tecnologías de información y comunicaciones (TIC) es la falta de cobertura de estos servicios en zonas pobladas. Obviamente, este es un planteamiento con una lógica irrefutable, pues si no hay disponibilidad de servicio de telecomunicaciones es imposible que las personas puedan acceder al mismo.

Sin embargo, cuando se estudia con más profundidad el tema uno se enfrenta a cifras que comienzan a hacer una ruptura en tal aseveración. Por ejemplo, cifras de la unidad de inteligencia de la GSMA indican que para finales de 2019 el 94 por ciento de la población mundial vivía en una localidad con cobertura de servicio móvil de por lo menos un prestador de estos servicios. Esta entidad también menciona que el 87 por ciento de la mitad del planeta que no está conectado al Internet vive en zonas donde existe disponibilidad del servicio por medio de un operador de banda ancha móvil. En otras palabras, reducir la falta de adopción de las TIC a la ausencia de  disponibilidad del servicio es una falacia.

Otro aspecto que se ha citado para el incremento porcentual en la población que no está conectada a Internet es la ausencia de destrezas digitales. ¿Cómo una persona puede conectarse a Internet si no sabe utilizar el dispositivo que le permitiría hacerlo? Un desconocimiento que puede resolverse con entrenamiento y capacitaciones que pueden ser brindadas por los mismos prestadores de servicio que desean incrementar su base de subscriptores o por autoridades de gobierno que han establecido como meta el aumentar el porcentaje de su población utilizando las TIC.

Las destrezas digitales son sumamente importantes para mejorar la calidad de vida de las personas al incrementarle las oportunidades de inclusión social y empleabilidad. Es por tal razón que entidades como la UNESCO y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo han establecido iniciativas para fomentar el entrenamiento, sobre todo de jóvenes, en destrezas digitales. Esfuerzos centrados en educar a la gente sobre el potencial que tienen las TIC para mejorar su vida, por lo que muchos de los beneficiados de estos programas son personas ya conectadas y no parte de esa mitad de la población sin acceso a servicios de banda ancha móvil.

Tampoco puede desestimarse que la falta de conocimiento en el uso de un dispositivo se deba a la ausencia de servicios en el idioma nativo del individuo que se desea conectar. Este fenómeno es particularmente importante en países multinacionales con diversidad de idiomas autóctonos como los son Ecuador, Guatemala, Bolivia o Brasil para nombrar unos pocos de América Latina. Claro que aquí se está infiriendo que los usuarios se encuentran alfabetizados y con simplemente hacer disponible en su idioma los servicios de telecomunicaciones ellos los podrían utilizar de forma inmediata.

No obstante, una revisión de los datos disponibles de escolaridad que presenta la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) muestra que apenas el 15 por ciento de la población global es analfabeta. Esta cifra es tres veces más alta al total de personas indígenas del mundo que según cifras del Banco Mundial apenas representan el 5 por ciento de la humanidad. Si nos centramos en los mercados más cercanos encontramos que la tasa de analfabetismo en Haití, según UNESCO, es de 38 por ciento mientras que la penetración móvil, según el Banco Mundial, tuvo un pico en 2013 de 69 por ciento de la población.

Nuevamente, la explicación ofrecida de falta de conocimientos aparentemente no resulta tan salomónica como se percibía inicialmente. Claro habría que ver cuántos usuarios únicos hay en Haití con servicio celular para tener una mejor idea de la verdadera cantidad de personas sin acceso directo a las TIC en el país con menor PIB per cápita de las Américas, estimado por el Banco Mundial para el 2020 en menos de US$ 1200 anuales (o menos de US$ 3000 ajustado a la paridad del poder adquisitivo).

Una tercera explicación acerca del gran número de personas que no se conectan a Internet se enfoca en el costo de los dispositivos. Simplemente indica que, si el costo del equipo que se utiliza para acceder a los servicios de telecomunicaciones es muy alto, entonces las personas no estarán dispuestas a hacer la inversión necesaria para estar conectados. El problema con esta explicación es que ignora el monto mensual que tiene que hacer el usuario para mantenerse conectado, pues hasta en mercados donde existe la modalidad “el que llama paga”, en la gran mayoría de los mercados del mundo, el usuario tiene que hacer una recarga para mantener vigente su servicio.  El costo no se limita al dispositivo sino también al servicio.

Existen otras explicaciones que tratan de dar fundamento a esa increíble brecha entre los conectados y los no conectados. Algunas hasta rescatan narrativas históricas de colonialismo digital donde se impone desde la metrópolis soluciones que no se ajustan a las verdaderas necesidades de una localidad. Soluciones que en ocasiones van en detrimento con valores culturales de la población que se pretende beneficiar y a la que se omite en la toma de decisiones. Otras explicaciones se centran en temas más conocidos como el impacto de la corrupción, la falta de una normativa que impulse la conectividad o la simple avaricia de las empresas privadas que solo quieren explotar a los ciudadanos. Aunque, al menos en América Latina y el Caribe, el desempeño de estas sea mejor que la gran mayoría de las que se encuentran bajo control público.

Desde mi perspectiva, el problema es más complejo y surge de una multiplicidad de eventos que ocurren simultáneamente. Así, todas estas explicaciones tienen algo de verdad al momento de explicar la verdadera razón de tantos desconectados. Hay que ver esto como un aviso para comenzar a modificar el acercamiento de los distintos actores del sector de las TIC en sus esfuerzos para aumentar su uso entre la población.

Atrás ha quedado el discurso de la cobertura como principal obstáculo, no había que esperar el incremento del porcentaje de población bajo al menos una red móvil para llegar a esta conclusión. Hace décadas que más del 99 por ciento de la población mundial está cubierta por servicios satelitales, su costo es el que ha limitado su adopción masiva como bien se demostró con los planes iniciales de flotas como la de Iridium o Globalstar durante la última década del Siglo XX. 

Considerar que la brecha digital de adopción a telecomunicaciones del mercado masivo será suplida por flotas satelitales que carecen de economías de escala es una burda ilusión que no se sustenta con datos concretos de su desempeño histórico. Tan solo hay que tomar como ejemplo el reciente anuncio de Starlink que por medio de satélites de baja órbita (entre 540 a 570 km de altura) ofrecerá servicios de banda ancha fija en zonas rurales, por el módico precio de US$ 99 mensuales, adicional a un cargo de US$ 499 por instalación de antena y modem Wi-Fi. Claramente no es un servicio que apunte a conectar a los desconectados pues continuará manteniendo la posición de la oferta minorista satelital como servicios de nicho. Por ejemplo, en México cifras de la consultora The CIU indica que en este país a final de 2020 había un total de 21.9 millones de conexiones de banda ancha fija de las cuales apenas unos 20,418 accesos (menos de una décima de punto porcentual, representando el 0.09 por ciento) eran por vía satelital.

Esto no implica que la tecnología satelital no tenga un rol importante en el futuro de las telecomunicaciones, simplemente no como solución de bajo costo para conectar a los desconectados. Su mercado objetivo es de gama más alta, principalmente empresas que precisen de redundancia o, como bien describen distintas flotas satelitales en sus estados financieros, el importante mercado del Internet de las Cosas.

Lo que sorprende en las conversaciones que buscan identificar las razones de tantos desconectados es la ausencia de esas palabras que incomodan tanto. Esas que atentan con la tranquilidad espiritual de las personas, palabras tan odiosas como lo son pobreza y hambre. No es casualidad que los primeros dos, de los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para 2030 establecidos por la ONU, sean: “poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo” y “poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible”. Esto no implica que las TIC no sean importantes en los ODS, todo lo contrario, las tecnologías digitales tienen un papel protagónico en el cumplimiento de las 169 metas en las que se desagregan los diecisiete objetivos. 

Sí, una de las principales razones por las que tenemos a la mitad del planeta sin estar conectado es por la pobreza y desigualdad que existe en la población mundial. Según el Banco Mundial alrededor del 10 por ciento de la población vive en extrema pobreza, una cifra que debido a la pandemia del COVID-19 podría incrementarse en unos 150 millones de personas durante el 2021. Si miramos cuantas personas viven con menos de diez dólares diarios, según el Banco Mundial, la cifra se incrementa en 53 puntos porcentuales. Tan solo en México, según cifras de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), la pobreza extrema se incrementó, debido al impacto de la pandemia, en 11 puntos porcentuales durante el 2020.

Los efectos de la pobreza son bastante claros, según cifras de la Organización de Naciones Unidas (ONU) cada día mueren por desnutrición unas 25.000 personas o más de 9 millones anualmente. El problema se ha exacerbado en los últimos meses ya que esta cifra se ha incrementado por el impacto del COVID-19, principalmente en países en desarrollo.

Ante estos datos queda preguntar, ¿cómo se pretende que una persona se conecte a Internet si no tiene con qué comer? A esta interrogante yo agregaría, ¿cómo puede la industria TIC colaborar con las autoridades de gobierno alrededor del mundo para ayudar a mitigar un problema que va más allá del uso o no de la tecnología?

Antes de pensar en necesidades binarias de las personas hay que atender necesidades urgentes que pueden determinar la vida o la muerte de un segmento importante de la población. Considerar que conectar a los desconectados es un objetivo de la industria TIC, constituye un grave error, se trata de un problema mucho más amplio que debe atenderse teniendo en cuenta las necesidades urgentes de una población global, donde según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (ONUAA), una décima parte de esta se va a dormir con hambre.

Un problema tan complejo requiere una solución holística que no le tenga miedo a las palabras ‘pobreza’ o ‘hambre’, pero que también entienda que hay otras aristas necesarias para lograr que un mayor número de personas finalmente estén conectadas. No hacerlo nos dejará como a Godot en la inmovilidad de congresos internacionales donde se le predica a los evangelizados y los ponentes se pueden llegar a sentir mejor gracias a las palmaditas en la espalda de sus colegas. Mientras tanto, más de 25 mil personas, todas ellas sin ser usuarios de banda ancha móvil, perderán la vida por desnutrición diariamente.

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