El mundo de las telecomunicaciones se reinventa de forma constante para avanzar rápidamente en su inmovilidad. En el pasado quedaron los conceptos de las criptomonedas como la forma más novedosa de disrupción del mercado. Los pronósticos apocalípticos de colapso del “modelo anticuado” de divisas con control centralizado, gracias a la llegada de Bitcoin o Ethereum, entre cientos de variantes, nunca se materializaron. Todo lo contrario, la aceptación de Bitcoin como divisa oficial en El Salvador y la República Centroafricana supuso imponer la centralización de su manejo. Un evento que curiosamente no ha sido visto como blasfemia por los evangelistas de las criptomonedas.

No obstante, Bitcoin dejó un gran legado llamado Blockchain. Como buen hijo, superó a su progenitor en la algarabía sobre sus capacidades de disrupción del mercado. Súbitamente todos los elementos de seguridad digital tenían la obligación de incorporar blockchain. Lo necesario era aprovechar la tecnología en formas insospechadas. La famosa sugerencia de ser creativos que siempre se evoca cuando el interlocutor no sabe que más aportar al diálogo.

La fiesta del blockchain no ha concluido cuando ya se comenzaba a revivir conceptos antiguos de territorios inteligentes, ciudades 4.0 o el inevitable Internet de las Cosas. De esta manera fue surgiendo aquel término universal que incluye todo, y no se define con nada, llamado ‘transformación digital’. Lo relevante no es la semántica del concepto sino entender que a través de la transformación digital la vida se hace más fácil, la economía más productiva y los procesos más eficientes. Es un mundo donde los unos y ceros van como piratas irreverentes conquistando espacios y engullendo tecnologías pues todas son parte de su acaparador alcance.

Todo pasó a ser una parte integral de la transformación digital, desde las criptomonedas y el blockchain hasta los NFT y el 5G. La transformación digital es ese nuevo prisma que nos permite observar la realidad desde un embudo, todo se origina y termina dentro de su territorio. La transformación digital no es una estrategia, tampoco es un concepto que se intenta convertir en realidad sino una religión que de no ser aceptada por los herejes tiene que ser impuesta estén preparados o no para sus beneficios quienes la reciban.

De esta manera, todo ahora se justifica con la transformación digital. 5G se presenta como el catalítico que, al reducir los precios de transporte de datos en hasta un 80%, hace posible la utilización de tecnologías data-céntricas. La nueva religión nos lleva al mundo del ‘constrúyelo y los necesitados vendrán’. El problema no es si vienen los feligreses sino cuándo. La respuesta a esta pregunta es la que, bajo un entorno donde prime la lógica, se puedan dirigir recursos para allanar su llegada a corto, mediano o largo plazo según surja la verdadera necesidad.

Sin embargo, el raciocinio parece concepto mítico en un presente adicto a nuevas antiguas fórmulas que prometan la disrupción del mercado dentro del gran marco acogedor que significa la transformación digital. Ante la aparente desesperanza de un 5G que sufre por emerger al enfrentar escasez de insumos, pandemias y pobreza, encontramos en la inteligencia artificial ese nuevo artificio que nos permita soñar.

Ahora el mundo esta en nuestras manos, ha llegado a nosotros un invento que es capaz de responder a nuestras preguntas escritas. Ya se siente real la inminente llegada de la singularidad, el Skynet de Terminator se siente real porque el de los sistemas de vigilancia que existe hace años a pocos le ha interesado.

Nuevamente caemos en el mismo charco. Los libros sobre inteligencia artificial proliferan con más rapidez que los tragos en un bar. Nuevos expertos, evangelistas y visionarios de la inteligencia artificial aparecen en los diarios. Hay que abrazar la modernidad inminente que nos transformará la vida.

La consultora global Gartner nos diría que todo se puede explicar como evolución natural de su denominado Ciclo de la Exageración Tecnológica que publica desde 1995. Los detractores de este acercamiento divagarán entre que los seres humanos somos terribles al predecir el futuro, hasta que es parte de nuestra naturaleza llevar un optimismo que nos permite creer en una simple solución a todos nuestros problemas. No hay discusión acerca de que todas las tecnologías antes mencionadas, utilizadas correctamente, pueden tener un impacto positivo importante en la sociedad. Pero hay que ser consciente de sus verdaderos alcances.

Por ejemplo, la inteligencia artificial lleva con nosotros décadas. Probablemente quienes estén leyendo esta columna por medio de un dispositivo electrónico este interactuando con más de un tipo de inteligencia artificial, todo dependerá de las páginas que visite, su navegador y el tipo de software que tenga instalado. Si pensamos en América Latina, podríamos decir que, con más de 500 millones de teléfonos inteligentes con inteligencia artificial, las personas deberían estar más acostumbradas a interactuar con esos servicios.

Siri, Alexa, los algoritmos de aprendizaje que van prediciendo el comportamiento de las personas para enviar publicidad en redes sociales o páginas de compra por Internet (el machine learning en inglés), son sistemas de interacción diaria con la inteligencia artificial. La ventaja de la repentina publicidad y concientización de que sí existe la inteligencia artificial es que también se trata de otro elemento para recordar, a quienes toman decisiones de política pública, la importancia de impulsar la educación en temas de tecnología, ciencia y matemáticas. 

La llegada de inteligencia artificial escrita para las masas, después de estar en los celulares en forma de audio, es un hito no porque llegó algo novedoso, sino porque instaló la creencia de que fue así. A veces eso es suficiente para impulsar cambios necesarios en las políticas públicas, en la educación, en la accesibilidad de servicios. De lo contrario, más temprano que tarde estaremos hablando de la brecha digital en acceso a la inteligencia artificial. Aunque esta brecha ya existe.

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