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Una paradójica igualdad

La literatura es uno de esos espacios donde el escritor puede bañarse en libertad y darse el lujo de perderse en sus propias letras para después leer lo que ha creado. De esta forma, muchas de las obras más conocidas y percibidas como cuentos para niños o historias de aventura para jóvenes realmente son mensajes políticos cifrados. Desde el muro de hierro de un conservador Tolkien hasta la religiosidad que tan magistralmente C.S Lewis logró esconder en Narnia.

Hay otros que en lugar de intentar imponer su visión o religión decidieron hacer de algunas de sus obras una alegoría de la realidad de su país para poder criticarlo sin problemas. Desde esta perspectiva, los viajes de Gulliver que nos narra Swift no dejan bien parada a la grandeza inglesa. Critica que es acrecentada por las obras de Carroll en las que una inocente Alicia nos muestra las locuras de la época Victoriana.

Entre tantos escritores ingleses me quedo con Orwell y su “Rebelión en la granja”, donde la declaración de que hay “animales más iguales que otros” se me quedó grabada en la mente desde el primer día que la leí hace demasiadas décadas. Lo interesante de esta premisa que siempre se ve como la del privilegio de algunos sobre otros es que, casi siempre, quien desde un pulpito declara la igualdad de todos los seres humanos es también responsable de decidir quiénes son los más iguales.

Desgraciadamente este discurso de ser más o menos igual casi nunca ha terminado bien en la historia de la humanidad. Implica de entrada una paradójica falacia pues no se puede ser más o menos igual que nadie. Se es igual o se es diferente: no hay punto medio.

Claro que esta lógica no funciona si el objetivo es llevar un mensaje sencillo, pasional que se centre en la moral de lo justo y humano. Un discurso que lleve en el verbo un mensaje que no se replique o sustente con acciones. Lo que el oído escucha, no lo ven los ojos y pocas veces lo piensa la mente.

Por esta misma razón, desde la igualdad es mejor profetizar divisiones que justifiquen el mal manejo que se pueda hacer del poder. Crear un ellos y nosotros es necesario. Pero que sea un nosotros protagonizado por la mayoría a la que victimizaremos y un ellos al que haremos culpables por ser entes privilegiados. No importa que muchos de nosotros salgamos del privilegio si respetamos el verbo del líder que es más igual que el resto. No se busca coherencia, sino simpleza en un mensaje que pueda ser repetido hasta la saciedad como nuevo mantra de justicia.

Así comenzamos a dividir la realidad como el ying y el yang. Nosotros y ellos, ahorros y corrupción, el pueblo y la realeza. Intentar de explicar en detalle las externalidades de algún proyecto es buscar excusas que demoren el cambio social que realmente llevará mejor vida a la gran mayoría de los compatriotas. Los números entonces se convierten en enemigos, los únicos que importan son los del precio: si es más barato es mejor (a menos que provenga de alguien que sea más igual que el resto) y por pago directo se le recompensa su igualdad con dinero adicional. Nunca se dijo que ser igual era barato.

Sin embargo, existe un secreto para lograr tanta igualdad: el control. Lograr controlar a las masas como animalitos, como mascotas que devengan el mismo cariño del más igual de todos. Entonces se hace necesario expandir las redes, ser más inclusivo e incorporar aquellos que deseaban ejercer su igualdad desde una peligrosa autonomía que podría convertir a ellos en transgresores capaces de desafiar al nosotros.

Urge integrarlos no sea que a alguno de ellos se le ocurra inspirarse en Alan Moore y vestirse como Guy Fawkes para susurrarle al oído al nosotros que el más igual de todos, desfila por el mundo sin ropa.

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