La literatura debería ser ese mundo donde el ser humano se maravilla con ficciones, el lugar donde lo inverosímil se hace palpable y la imaginación traduce en palabras realidades imposibles. Es el lugar donde los versos del poeta se convierten en la prosa del novelista, donde los protagonistas de la tragedia se desnudan ante el amor desbordado de los cuentistas. Es el mundo donde reina la canción y los sentimientos, donde la desesperanza puede ser truncada con un simple pasar de página.

Quizás una de las cualidades de los latinoamericanos es llevar en sus venas un par de alfabetos que se traducen en poesía. Es que cada rostro esconde a un poeta, cada historia una esperanza y cada canción un testimonio. Desafortunadamente, la literatura más fantástica e irreal, aquella que trasciende a los niños que dibujan en paredes en blanco y que asusta hasta a los naguales que merodean en la oscuridad de la noche, es la que se recoge en los libros de historia. ¿Cómo abrir uno de estos textos sin desconfiar de su contenido?

¿Cómo no desatar emociones cuando los historiadores transcriben sobre títulos nobiliarios de un equino o narran los entierros con honores de estado de una pierna? ¿Cómo no ser incrédulo ante la estupidez de una colonia caribeña que compra nieve para intentar aliviar sus más graves complejos de identidad? ¿Cómo no sentir amargura cuando las palabras de los patriotas son reinterpretadas para transformarlos en antihéroes? ¿Cómo no estar indignado porque casi ninguno de estos textos incluye como epígrafe una simple frase de Bolívar: “Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”?

Sin embargo, una de las grandes bellezas de la literatura es la oportunidad de concentrar la atención en aquellas áreas tradicionalmente ignoradas en textos más formales. Buscar nichos de realidad que sirvan para comprender o reinterpretar sucesos desde una nueva perspectiva. Es querer decir algo más, es no limitar el mensaje a unas escuetas cifras estadísticas, números que ignoran el dolor de una madre que ve a su hijo emprender caminando un viaje de miles de kilómetros sin tener destino definido. Es pasar hambre y enfermedad, pero no olvidar sonreír. Es acordarse de que detrás de miles de noticias desgarradoras hay millones de historias individuales llenas de superación, coraje, alegrías y mucho dolor. Sí, la tierra duele.

Un dolor extrañamente familiar, un dolor que se apodera de la garganta, inunda el pecho y te arranca las lágrimas. Es el dolor que da el origen y que llega de momento; tal vez con una canción, una frase o un atardecer. Es el dolor del migrante, ese que tantos venezolanos sienten hoy en día, especialmente todos aquellos que hablan sobre como antes era su patria como si se tratase una fantasía.

Sí, es difícil escribir de Venezuela y cuando lo hago no intento ser neutral, pero si consciente que más difícil debe ser para millones de familias venezolanas que se encuentran desparramadas en diversos continentes. ¿Cómo será para aquellos que perdieron el trabajo de una vida pensar en su país? Al mismo tiempo, ¿cuántas semillas habrá sembrado este dolor alrededor del mundo que al germinar buscaran redirigir su nación por un camino donde la demagogia no impere? Lo que sí puedo atestiguar es la fuerza de muchos de sus hijos para intentar aportar su granito de arena y concientizar al mundo sobre lo que pasa en Venezuela.

He tenido el privilegio de llegar a conocer periodistas incansables que abandonaron la comodidad de Washington DC para anunciar al mundo las atrocidades que suceden en su país de origen. También a analistas de telecomunicaciones que intentan por todos los medios posibles denunciar ante el mundo como se han normalizado las injusticias en el barrio que los vio nacer. Y hasta a una polifacética artista que en la ciudad de Cambridge, Inglaterra, utiliza un vestido creado con bolívares como parte de los talleres que imparte para concientizar sobre los miles de problemas que causa la hiperinflación en Venezuela. La patria duele, pero inspira.

Ante tantos esfuerzos, ante tanta hermandad, lo que pueda decir es superfluo. Me limitaré a hablar nuevamente de la gran caída que ha sufrido la industria de telecomunicaciones de Venezuela en las pasadas dos décadas.

Quién diría, ante el optimismo que se vivía en el año 2000 con la aprobación de la Ley Orgánica que culminaba el monopolio telefónico de CANTV, que el mismo gobierno que aprobaba esa ley sería, el que en un futuro no tan lejano, lanzaba satélites al espacio sin preocuparse de vender su capacidad antes de colocarlo en órbita y trataría de convertir en orgullo nacional la palabra «vergatario». Lo importante parece ser la forma, no el fondo.

Lo significativo del año 2000 era que la nueva Ley Orgánica de Telecomunicaciones permitía la competencia de los operadores CATV en segmentos de mercado históricamente servidos por el antiguo monopolio estatal. Eran épocas donde aún se escuchaba al consenso de Washington, antes de ser desdeñado por el Banco Mundial, y en Venezuela como en muchos países de la región se eliminaban topes a la inversión extranjera. El mayor operador del país, CANTV, aunque enfrentaba ciertas restricciones por un periodo de dos años obtenía como premio la autorización de lanzar servicios de video.

Pensar en estos momentos que estos cambios se dieron en Venezuela bajo la presidencia de Hugo Chávez parece irreal, sobre todo si se tiene en mente el fatídico discurso del 8 de enero de 2007 en el que se ordena la estatización de una CANTV que hasta ese momento se presentaba como una de las últimas piezas del rompecabezas latinoamericano de América Móvil.

Hay que recordar que a comienzos de siglo Venezuela era uno de los mercados más avanzados en adopción de nuevas tecnologías en América Latina con las líneas móviles superando a las fijas en septiembre de 1999. Logro que sucedía apenas once años después de que se lanzaran los servicios móviles en el país, ocho desde que se comenzaran a comercializar a personas naturales estos servicios en el país y cuatro desde que el modelo de cobro prepago fuese inventando en tierras portuguesas.

En otras palabras, Venezuela ya contaba con servicios móviles antes que los considerados principales innovadores tecnológicos de la actualidad Chile (lanzamiento celular en 1989) y Uruguay (1991). Los otros cinco principales mercados de la región también lanzaron el servicio celular después que Venezuela: Argentina y México (1989), Brasil y Perú (1990) y de manera tardía Colombia (1994).

La estatización de CANTV tampoco sucedió en un vacío, fue la epítome de una colección de errores por parte del gobierno que van desde el entonces aparente atraso permanente de asignación de espectro radioeléctrico PCS hasta la asignación de fondos para una CVG Telecom que nunca cumplió con los objetivos prometidos por el gobierno durante su fundación en 2004 de este emprendimiento. Las “reformas profundas” anunciadas por el Presidente Chávez en enero de 2007 que logran la estatización de CANTV en mayo de ese año, fueron el catalítico para un incremento en el nivel de demagogia y populismo por parte de las autoridades gubernamentales hacia el sector de telecomunicaciones.

Estimados de dinero totalmente inflados para inversión en infraestructura que nunca ocurría, servicios que nunca llegaban a su destino final, una hemorragia constante de funcionarios con experiencia de la fuerza laboral del ahora operador estatal, inversiones que no parecerían tener un retorno de inversión positivo ni a corto ni a largo plazo (eje. cable submarino a Cuba) y la publicación en el Decreto Presidencial Nº 5.625 de octubre de 2007 de Vtelca una empresa que se vendía a los ciudadanos como un logro tecnológico del país cuando en realidad era un punto de ensamblaje de teléfonos fabricados en China. Una fallida sustitución de importaciones que en su ineficiencia no ha sido capaz de cubrir la demanda anual de teléfonos móviles con que cuenta Venezuela. ¿Quién podría imaginar que lo posterior sería peor?

Los últimos diez años del sector de la industria venezolana de telecomunicaciones han sido una historia de terror. El que llegó a ser uno de los líderes tecnológicos de América Latina, con uno de los equipos de prensa especializada mejor preparados de toda la región fue erosionándose por medio de las emigraciones (muchas de ellas forzadas), las faltas de oportunidades y la simple corrupción. Historias de cómo se intentaba amedrentar a periodistas han sido notorias durante este periodo protagonizado por el incremento del hambre en este hermoso país que ha tenido que regalarle al mundo más de cuatro millones de personas que se han ido a buscar un mejor futuro para ellos y su familia.

Más de cuatro millones de clientes que se han marchado y dejado de utilizar servicios de telecomunicaciones en Venezuela. Parte de la explicación que no da el gobierno de porqué en apenas cinco años el sector móvil de este país sudamericano ha perdido alrededor de 10 millones de líneas en uso o una tercera parte de las reportadas en 2014 según cifras del propio gobierno venezolano publicadas por la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL). Lo anterior sin querer entrar en temas de hiperinflación, corrupción y normas impositivas de un mercado en el que sus gobernantes han dicho que las leyes de la oferta y demanda no aplican.

Los efectos de la demagogia y el populismo en las telecomunicaciones venezolanas es acercar cada vez más la posibilidad de que el país llegue a convertirse en el mayor Intranet del mundo si es que se dejasen de pagar las conexiones internacionales que hacen posible que el resto del mundo pueda tener una mirada diaria a Venezuela. Personalmente veo remota esta posibilidad pues demasiados actores no tradicionales se ocuparían de mantener conectado al país.

Mientras tanto el gobierno continuará mintiendo a los ciudadanos sobre la innovación tecnológica de Venezuela prometiendo el despliegue de nuevas y mejores tecnologías. El país está quebrado, no hay medicinas, no hay comida, las escuelas cada vez tienen menos recursos y los pocos boliburgueses que quedan se van como millonarios al extranjero. Queda claro que en este presente es muy poco lo que puede importar un anuncio sobre el futuro despliegue de 5G en Venezuela.

Personalmente cualquier referencia a 5G que haga el gobierno de Nicolás Maduro es una cortina de humo pues las posibilidades de que se pueda efectuar el lanzamiento de esta tecnología de forma normal son una quimera. La mención de 5G, realmente llega tardía, en su intento de mostrar apoyo geopolítico a un aliado comercial como lo es China, mientras se intenta ganar visibilidad como gran opositor del gobierno de Estados Unidos.

Ni ahora, ni en mayo de 2015 cuando el Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información publicaba que en un evento llamado “Tecnologías en Socialismo” se mencionaba con gran optimismo la expansión de LTE y el comienzo de instalación de 5G. Todo un logro esto último, cuatro años antes de que un operador se atreviese a afirmar que había lanzado 5G con el Release 15 del 3GPP.

La verdad es que el problema de Venezuela no pasa por tener o no tener 5G, es tener hambre. El país recibió su primera red de 4G en 2013 y en menos de dos años un solo operador ofrecía cobertura a más del 60% de la población. Según cifras de finales de 2018 de CONATEL, apenas el 10,65% de las líneas móviles del país son 4G. Un atraso increíble al compararse con todos los países de la región, exceptuando Cuba que julio de 2019 aún no lanzaba comercialmente LTE.

El mayor obstáculo de las telecomunicaciones en Venezuela es la falta de dispositivos que puedan conectarse a las nuevas tecnologías. Esto es producto de un problema mucho mayor, el desastre político-económico que atraviesa un país donde los derechos humanos más básicos han pasado a un segundo plano. Hablar de 5G hasta que se pueda revertir el hambre, hasta que las escuelas comiencen nuevamente a educar a los hijos del país, hasta que los hospitales tengan medicinas y hasta que los supermercados comida es un sueño. Un vil intento de manipulación y propaganda mal hecho.

El dilema que tiene el gobierno es que precisamente esa tecnología que olvidaron, a la que no le invirtieron y que nunca fue prioridad, es precisamente una de las principales armas que tiene el país para levantarse de la pesadilla que atraviesa. Mientras esto ocurre el temple de los venezolanos continuará brindándonos lecciones de vida al resto de nosotros.

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