Pensar en Venezuela es recordar ese futuro que nunca sucedió. Es acordarse de las risas en las calles y la alegría de las personas. Sí, hablo de un lugar completamente ficticio para muchos jóvenes porque hablo del país que yo llegué a conocer.

La primera vez que pisé Venezuela el calendario mostraba otro siglo y las preocupaciones eran otras. No, no todo era perfecto pero por lo menos Caracas mostraba esa algarabía familiar que se musicalizaba con las tonadas de radio en las calles. Los problemas se miraban desde otra visión, con un reconocimiento del trabajo que se precisaba hacer para mejorar. Entre la tristeza, había mucho orgullo y mucha más esperanza.

El pasar de los años me hizo regresar a esta tierra bendita en varias ocasiones. Paulatinamente notaba como los colores se iban marchitando y el discurso se transformaba en un juramento dogmático alejado de la realidad. La música ya no era lo mismo, su labor comprometida era paliar la angustia.

Hace ya bastante tiempo que no paso por Venezuela, la última vez fue demasiado ver las paredes de las calles adornadas con hagiografías forzadas de un líder tan mítico como inexistente. La tierra donde la ignorancia llevó a describir como el lugar donde la oferta y demanda no funcionan, tampoco logró el milagro de tener un pueblo alimentándose sólo con palabras. Las sonrisas ahora son reclamos y el amor a lo propio es una emigración forzada. La colección de errores ha sobrepasado los límites de la cordura.

El mundo de las telecomunicaciones venezolanas no ha estado aislado del derrumbe que parece caracterizar todas las industrias del país. En el pasado quedaron los lanzamientos, primerizos para América Latina, de nuevas tecnología o la presencia necesaria de una elite de periodistas altamente conocedora del sector de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC).

Venezuela era referencia regional, punto de mira de todo especialista en tecnología y parada obligatoria de los equipos de relaciones públicas de las empresas. Aunque parezca quimera, era imposible de hablar de desarrollo en telecomunicaciones de América Latina sin analizar la situación de este país Sudamericano.

Sin embargo, el comienzo del fin de una industria de telecomunicaciones llena de profesionales capacitados llegó el 8 de enero de 2006. Ese día, el entonces líder de Venezuela, el Presidente Hugo Chávez anunciaba con orgullo la intención de su administración de ir “rumbo a la República Socialista de Venezuela y para eso se requiere una reforma profunda”. Como parte de este cambio, el gobierno solicitó a la Asamblea Nacional la aprobación de una Ley Habilitante que le permitiera estatizar empresas que fueron privatizadas como la Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela (CANTV) que incluye al operador de servicios fijos de alcance nacional y al operador móvil Movilnet.

La memoria corta que nos traiciona nos hace identificar ese momento, centrando la atención a los activos privados que pasaron nuevamente al sector público. Los recuerdos nos son infieles, ocultan el fracaso del gobierno de esa época en sus intentos de crear una empresa pública de alcance nacional destinada a hacerse con 5% de participación del mercado por medio del despliegue de fibra óptica (inicialmente 1300 Km a ser incrementados a 2500 Km) que le permita llegar al 80% de la población del país. Todo por una simple inversión de US$ 200 millones, dinero que fue entregado sin que las promesas de CVG Telecom se materializaran. Por el contrario, el nombre de la empresa fue ligado al ensamblaje de dispositivos móviles, comenzando con el irreverente vergatario.

En aquel entonces, cuando la vida me vestía de analista de telecomunicaciones, predije que la estatización llevaría como consecuencia una reducción importante en inversión, atrasaría la llegada de nuevas tecnologías y una reducción en tarifas con tan agresivo subsidio que la simple utilización de la red de CANTV por un usuario implicaría perdidas a la empresa. Eran los tiempos de Don Petróleo, cuando PDVSA aún reportaba sus balances financieros trimestralmente.

No obstante, aún sin la estatización de CANTV el sector de telecomunicaciones se encontraba golpeado por la parálisis que lo caracterizaba. El país llegaba de estar sumergido en un proceso de revisión del marco legal que se tradujo en alto en todos los procesos que tiene que realizar un prestador de servicios para poder diversificar su oferta de servicios en el país. Por ejemplo, Venezuela era en 2007 el único de los grandes mercados de América Latina que aún no había asignado las frecuencias PCS para servicio móvil.

Eventualmente los servicios inalámbricos por medio de tecnologías fijas, móviles o satelitales se convirtieron en el arma de guerra de una administración que se veía sobrepasada ante el reto presentado. Mientras CANTV enviaba correos electrónicos a expertos internacionales para que los llamara (no estaban autorizados a hacer llamadas internacionales) y los satélites se colocaban en órbita sin haber vendido su capacidad, los servicios inalámbricos trataban de que todo tuviese un olor a normalidad. Imposible pedir peras al olmo.

Claro que el deterioro de la infraestructura de telecomunicaciones fue un proceso lento disfrazado por una bonanza económica donde la gratuidad parecía ser la nueva forma de vida. Hasta que el oro negro fue perdiendo su valor y las cuentas del estado ya no proyectaban la fuerza que por más de una década cementaron elespejismo como realidad. Una realidad donde la escasez era fuente de creatividad para mantener conectado un país.

Así como en el pasado – 40 MHz en la banda AWS y 80 MHz en la banda 2,5 GHz en 2014 – el gobierno al liberar espectro radioeléctrico pudo generar ingresos en dólares, la necesidad de obtener más moneda dura en un gobierno caracterizado por la corrupción, algunos vieron en la subasta del insumo de las redes inalámbricas una oportunidad para facturar. Hace poco más de dos años, en abril de 2016, el Gobierno de Venezuela mencionó que podía liberar bloques de espectro en 700 MHz, 1900 MHz, 1,7/2,1 GHz (conocida también como AWS) y 2,5 GHz.

Al igual que en la actualidad, al segundo trimestre de 2016 Venezuela tenía adjudicados 324 MHz de espectro para servicios móviles, lo que indica que el país tendría un 24,92% del espectro sugerido por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) para 2015 y un 16,53% de la sugerencia para 2020. El país se encuentra por debajo del promedio regional de espectro asignado a septiembre de 2018, 363,8 MHz.

Muchos preguntarán por qué el espectro no causó interés en Venezuela entre los operadores móviles del mercado. Simplemente porque tener un insumo que con alta probabilidad se vendería carísimo, debería ser pagado en dólares y luego no se liberarían fondos en esta misma moneda para la importación de infraestructura y teléfonos no hace sentido.

Venezuela es el principal ejemplo de cómo tener cobertura de una nueva tecnología no significa nada si las personas no cuentan con los dispositivos que le permitan conectarse a la nueva red. Una revisión de la cobertura de LTE en porcentaje población, contrastada con la penetración de teléfonos que pueden funcionar con esta tecnología solo sirve para resaltar el retraso tecnológico de este país sudamericano. Consultoras internacionales como IDC, Global Data y Counterpoint Research han reiterado en numerosas ocasiones que Venezuela precisa alrededor de 10 a 14 millones de nuevos dispositivos móviles anualmente y que apenas logra colocar a la venta una fracción que en el mejor de los estimados se aproxima al 40% de la demanda existente. Muchos de ellos de tecnologías antiguas, prácticamente vedando a los venezolanos de beneficiarse del uso de nuevas aplicaciones.

Claro que el problema de divisas no se limita a la compra de infraestructura o teléfonos, también ha creado problemas en el pago de contenidos internacionales. Hasta la interconexión a redes de tráfico internacional que sirven para conectar al Venezuela con el resto del mundo tanto en servicios de telefonía como en datos, o sea, Internet.

Como escribí en el pasado como portavoz de una entidad que promueve el acceso a Internet en América Latina y el Caribe: “el pago de servicios de interconexión es sumamente importante pues es a través de la conexión con redes de operadores internacionales que los usuarios venezolanos pueden beneficiarse de llamadas internacionales, que sus celulares operen en el extranjero por medio de roaming o que los ciudadanos puedan acceder por medio de Internet a contenidos hospedados fuera de Venezuela. Un potencial impago en servicios de tráfico internacional podría impactar adversamente las conexiones a Internet de este país sudamericano, aislándolo del resto del mundo”.

Desafortunadamente la situación de las telecomunicaciones en Venezuela sólo ha empeorado en los últimos años. Cifras de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) de Venezuela muestra que el país registró su mayor cantidad histórica de líneas de telefonía fija durante el segundo trimestre de 2015 con unas 7.814.935 en servicio. Cantidad que en apenas nueve trimestres – 3er trimestre de 2017 – tuvo un descenso de 21,7%, siendo la caída del servicio en estados como Amazonas o Apure de 38,89% y 37,34% respectivamente.

La situación de la telefonía móvil refleja una caída drástica, de llegar a tener una penetración de 103,01% de líneas móviles activas a diciembre de 2012, al tercer trimestre de 2017 (las cifras más actualizadas que provee CONATEL) la penetración de líneas móviles activas había caído 21,95 puntos porcentuales para alcanzar una penetración de 81,06%.

Indudablemente la tendencia para estos dos y otros servicios de telecomunicaciones en Venezuela es de haber disminuido aún más su número de líneas activas en un mercado donde según una encuesta desarrollada por las tres principales universidades del país: la Universidad Simón Bolívar (USB), la Universidad Central de Venezuela (UCV) y la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) publicada en febrero de 2018 indica que el 87% de las familias del país viven en niveles de pobreza con 61,2% de todas las familias en situación de pobreza extrema. No, las filas kilométricas de venezolanos marchándose de su país no son por capricho y tampoco una conspiración imperialista, es causada por el hambre impuesta por un gobierno corrupto.

El despilfarro de este gobierno ha sido tan grande que hasta hay rumores que indican que ante la falta de pagos a sus proveedores, se podría dar el fenómeno de por lo menos una participación accionaria de la empresa la estatizada CANTV pasara a manos de un proveedor asiático de infraestructura. Ante el inevitable fin caótico que indudablemente tendrá la situación en Venezuela, ¿interesará a alguien hacerse de estos activos sin tener la seguridad de que se respetará su reclamo de propiedad en el futuro?

Referencias

La imagen es de Pixabay.