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No me amenaces con infraestructura

Las telecomunicaciones son ese mundo aparentemente innovador y distinto donde paradójicamente los temas de discusión cambian muy poco. Es ese mundo ideal donde las publicidades de algunas tecnologías en la actualidad poco difieren de las mostradas en eventos como la desaparecida Telexpo de Brasil o las grandiosas SuperCom de los años noventa en los Estados Unidos. Tanto en aquellos tiempos de lujuria tecnológica como en la sobriedad actual de este campo el mensaje continúa inalterable: las telecomunicaciones transformarán el comportamiento del ser humano al modificar como interactuamos con nuestro alrededor.

Tanto entonces como ahora lo importante es mostrar un mundo de aparatos inteligentes tan interconectados que el contenido que se accede en el momento – usualmente un video musical – persigue al protagonista del comercial por todos los cuartos del hogar. Es una realidad añorada donde la inteligencia artificial no recibe comandos sino charla con el humano y el método de comunicación más agradable son los hologramas. Hay que crear la necesidad de pensar esencial este nuevo paradigma, sin importar que toda la vida se haya vivido fuera de este.

Así como Gardel cantaba que veinte años no es nada, el pasar del tiempo si deja alguno que otro detalle distinto. Quienes impulsan el mundo conectado son empresas distintas a las de finales del siglo pasado, muchas de las cuales ya han desaparecido. E indudablemente los gráficos, diseños y otros efectos especiales del video mostrado son infinitivamente superiores. Además, hay saltos tecnológicos de una velocidad incomparable como las reducciones en costos de almacenamiento, el procesamiento de datos y el simple tamaño de los dispositivos que utilizamos en la actualidad. Datos que están impulsando modelos de negocio impensables apenas hace diez años.

No obstante, un elemento sumamente importante que permanente es obviado en estas producciones tan maravillosas de la potencialidad de la tecnología es el costo. Independientemente de los numerosos aparatos con conexión a Internet dentro del hogar, habría que considerar que tipo de conexión a banda ancha se necesita para poder soportar toda la información que generan/reciben estos dispositivos. Temas no poco importantes en una región donde un importante porcentaje de la población cuenta con una renta básica limitada. Esos son los supuestos amenazados de quedar relegados a un mundo sin convergencia.

Ante todo este cambio, muchos prestadores de servicios de telecomunicaciones aun no toman nota de la evolución que va ocurriendo, su oferta se mantiene prácticamente estática. No se logra captar el interés del nuevo consumidor ya conectado que tiene como mayor interés contenidos no tradicionales. La época en que el operador de telecomunicaciones tenía total control de la facturación del tráfico que se cursa por sus redes, que comenzó a erosionarse con la creación del Internet, en lo práctico ya ha sido superada.

El impacto de invertir en infraestructura ha sido redefinido. No por ser más grande se es más sabio, ni por tener la mayor infraestructura se es más eficiente. En la actualidad, poder ofrecer la mayor velocidad de conexión a Internet o poseer el mayor reconocimiento de marca entre las empresas de telecomunicaciones de un país vale muy poco sin ese acompañante que le da valor. Sobre todo si los contenidos que se acompañan pertenecen a un tercero que ofrece un servicio del cual el operador no facturará nada. Muchas de las alternativas a los servicios de telefonía tienen algo en común: su tarifa es tan baja que en ocasiones es gratis. Este fenómeno ahora va arropando a los prestadores de servicio de televisión paga quienes ven como crece la disponibilidad de contenidos audiovisuales de alta calidad y gratis.

¿Cuán necesario es hiperbolizar el impacto de la convergencia si en la actualidad puedes pagar un solo servicio y obtener los otros dos sin costo adicional? La convergencia pasó de la oferta del proveedor al dispositivo en manos del usuario. Ignorar esta realidad es hacer discursos banales en torno a cómo el mercado potencial para los servicios convergentes es tan grande.

La demanda puede ser es inmensa pero también es cierto que la oferta que está a disposición de las personas también es numerosa. Los operadores no tradicionales que carecen de infraestructura, cuyos costos operativos se limitan a poder viabilizar la descarga de sus aplicaciones a todo aquel que quiera utilizar su servicio, también son parte de la realidad del mercado.

Los prestadores de servicio tradicionales pueden rechazar esta dinámica competitiva, pueden insinuar que con toda la fibra óptica que tienen desplegada pueden ofrecer más y mejores servicios que los de cualquier competidor con infraestructura que ofrezca servicio en las mismas localidades donde se cuenta con cobertura de red. El problema es que el mercado cambió, ya las fronteras no delimita el número de prestadores de servicio atendiendo la demanda local. Pensar de esta forma es cometer un harakiri estratégico.

Las muestras están por todas partes, ni siquiera los millones de hogares que han sido conectados a fibra óptica en las Americas han podido rentabilizar esta inversión por medio de IPTV debido a la poca adopción de estos servicios en la región – millones de hogares con potencial de contratar este servicio pero niveles de penetración ínfimos. Los números son públicos pero a veces vale más un encargo publicitario que una verdad.

Quizás sea porque he tengo la suerte de hablar casi diariamente con colegas con una clara visión de futuro que cada vez que leo sobre las amenazas de la falta de convergencia o como esta representa un acto de benevolencia hacia los usuarios no puedo evitar pensar: nada compite contra gratis. Sobre todo cuando más del 40% de la población vive en niveles de pobreza.

Continuar ignorando una realidad inalienable como la pobreza dará como resultado un mayor número tanto de líderes populistas en la política como de mercaderes de opinión que se venden como expertos al mejor postor. Ambos preámbulo de un futuro peor.

Referencia

La imagen es de Pixabay.

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