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Ni tecnófobos, ni tecnófilos al hablar de conectividad

El mundo de las telecomunicaciones está plagado de absolutos. El impacto de las acciones o la desidia tienen la cualidad de determinar quien culmina en el infierno y quien logra alcanzar el utópico desarrollo inmediato que venden los profetas de la conectividad.

No hay punto medio en el mundo de tecnología. Cada tema se vuelve esencial, una cuestión de vida o muerte. Las telecomunicaciones son tan pero tan buenas que con solo tener su presencia en todo el territorio nacional ya se resuelven la falta de incentivos, proliferan los emprendedores y el producto interno bruto del país se dispara.

Ante la magnitud de tanta bondad el acercamiento de los gobiernos ha sido claro, una misma medicina sirve para curar todos los males: incentivar el despliegue de infraestructura. Los pasados veinticinco años de América Latina se han visto impregnados de múltiples esfuerzos que apuntan a llevar redes de telecomunicaciones a lugares donde hace unos pocos años habría sido un sueño. El adagio que llevó a principios de siglo a tantas empresas a quebrar: “construye la infraestructura y la demanda por los servicios aparecerá mágicamente”, nunca aterrizó en la mente de quienes fabrican la política pública del sector de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC).

Esta mirada hipnotizada a un solo aspecto del mercado se ha propagado como nueva religión. Desde entidades multilaterales hasta universidades de reconocimiento mundial, repiten la misma fórmula como si fuese el secreto perdido de los alquimistas y las redes de telecomunicaciones pudiesen convertir cualquier metal en oro. Sin embargo, la verdad incómoda que nos ofrece la historia dista mucho de ese discurso. La realidad es mucho más compleja y las necesidades, más humanas.

Construir infraestructura de telecomunicaciones sin contar con un plan concreto sobre su uso, sin implementar una estrategia que permita utilizarla para promover el desarrollo social de una región y sin definir un esquema de inclusión para su utilización por los habitantes de las regiones más vulnerables, sirve para muy poco.

Parece increíble que para muchos sea un secreto que el punto neurálgico que determina el éxito o fracaso de una tecnología es el ser humano. Un ser humano que con el paso de los años se va haciendo más sofisticado en sus demandas y necesidades digitales. Un ser humano que ha ido enfrentándose a un mundo virtual de forma acelerada. Un ser humano que tiene necesidades diversas que dependen grandemente de su contexto local. ¿Si los sectores de salud, educación y energía se encuentran con cientos de desafíos diferentes, dependiendo de la población a la que atienden, por qué se puede pensar que en el mundo de las telecomunicaciones es distinto?

De esta manera, pensar solo en infraestructura de telecomunicaciones es un error. Hay que desagregar este pensamiento para comenzar a diferenciar entre las necesidades urgentes y las importantes. Comenzar a crear por medio de contenidos en forma de cursos, aplicaciones y digitalización de diversos medios de comunicación, una demanda incremental por la tecnología. Es preciso comenzar a entender que la infraestructura es importante porque gracias a ella se puede recibir muchísimo valor por medio de datos.

Sin embargo, para poder llevar este mensaje, sería necesario explicar qué son los datos. Es imperativo predicar con el ejemplo, no hablar de las posibilidades de llevar el gobierno al celular sino demostrarlo. Demostrar que los estudios y la salud pueden ser complementados por servicios a los que puede accederse por medio de dispositivos de bajo costos, alcanzables para todos los ciudadanos. Romper la tradición y dejar de predicar entre quienes están evangelizados y reconocen la importancia de las TIC. Es mirar hacia adentro de la geografía nacional del país, pero también hacia adentro de las distintos barrios de la ciudad. La pobreza cuando ataca no distingue entre campo o ciudad.

Si se comienza a ver al ser humano como origen y justificación de los planes de conectividad, las decisiones serían más coherentes. Tendríamos estrategias de transformación digital más aterrizadas y con la capacidad de ir atendiendo de manera segmentada las necesidades de los distintos sectores de la sociedad. ¿Acaso las necesidades de una empresa interesada en digitalizar sus procesos productivos son las mismas a las de una comunidad que carece de servicios de Internet que podrían mejorar la calidad de vida de sus habitantes?

Uno de los rasgos más hermosos de un país es su diversidad. Diversidad de culturas, tradiciones e historias. Diversidad geográfica e idiomática. Ante tantas diferencias es imprudente acercarse al mundo de las telecomunicaciones y de las TIC con una mirada simplista en la que sólo existe una solución a todos los problemas.

Una estrategia nacional de conectividad con elementos de transformación digital debe buscar la forma de hacerles la vida más fácil a los ciudadanos. Quizás con este objetivo como finalidad más de un economista podría dejar de repetir el impacto de las telecomunicaciones en la economía de una nación como si fuese un concepto abstracto y comience a hacerlo centrándose en las causalidades que llevan a ese resultado.

Sin una mirada holística sobre la conectividad se continuarán repitiendo los errores del pasado.

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