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La democracia intolerante

Uno de los principales clichés que escuchamos cada vez que en algún lugar del mundo un líder toma una decisión que parece anacrónica, es que hay que estudiar la historia para evitar cometer los errores del pasado. A primera instancia, es algo que no debería causar ningún tipo de temor o desconfianza en quien la escucha. No obstante, cuando se explora de forma más cercana los eventos que inspiran una y otra vez la repetición de adagio, lo que se encuentra es una surrealidad en donde la coherencia ha sido defenestrada y la coexistencia de verdades antípodas es posible.

De esta forma, el populismo desplaza a la razón. Ya no es suficiente con brindar datos concretos, números que prueben que los avances no son tan grandes como se esperaba. No es importante corregir la desinformación que se ofrece si la justificación para brindarla esta llena de mensajes que calan en el corazón de todos. Lo importante es hablar y hablar hasta que los sentimientos dominen y no hay verdad que pueda derrotar a una lágrima.

¿Quién no desea que no haya ni un solo niño pasando hambre? ¿Quién no desearía un futuro donde todos los ciudadanos tengan acceso a una educación de excelencia, acceso a un sistema de salud de calidad y la oportunidad de encontrar un trabajo digno y bien pago? ¿Quién no desea un mejor país?

El problema surge cuando se hacen promesas sobre cómo se trabajará para mejorar cada una de estas áreas y no se hace nada. Cuando supuestamente la moral y el discurso dulzón en los oídos de quien lo escucha es quien dicta la política pública, aun cuando esto implique ignorar datos científicos, los resultados de investigaciones serias o las recomendaciones de los expertos.

El COVID-19 ya nos ha mostrado el desastre causado por ignorar a la ciencia en varios países, como Brasil, Estados Unidos, el Reino Unido y México. Lo más triste es que aún viendo el error de las políticas establecidas, en lugar de corregir el camino, se reafirman con una arrogancia perversa pues la forma importa mucho más que el fondo. La imagen de que todo marcha bien es más importante que reconocer un error y modificar los esfuerzos para ayudar a lo más afectados. Curiosamente esos son los más vulnerables de la sociedad, aquellos a quienes se le prometió todo y se le está devolviendo poco en el mejor de los casos y muerte en el más desgraciado de ellos.

Sin embargo, la testarudez de muchos dirigentes no se conforma con mantener una política errada. También hay una dosis de megalomanía en cada líder populista que desea controlar todas las esferas del poder. De esta forma, se rodea de personajes a los que muchas veces los intereses del pueblo no son la prioridad. ¿Credenciales? No son necesarias, son un dato secundario. Lo importante es la lealtad al líder pues quizás en sus mentes esto hará que mágicamente se cumplan todas las promesas.

Atreverse a criticar este orden es un sacrilegio, los poderes deben estar supeditados al poder supremo del líder carismático pero incoherente. Las separaciones de poder se diluyen con interpretaciones fantásticas de una normativa constitucional que cuando molesta se intenta enmendar. Hay que alinear a todos en un mismo camino. Para lograrlo, tener independencia de criterio es intolerable. De ahí que surjan los datos alternativos o la demonización de la prensa.

Ahora lo peor que puede enfrentar uno de estos demagogos populistas es una entidad autónoma, una institución que no dependa del poder legislativo para tomar decisiones. Alguien que no este sujeto a la discrecionalidad del poder ejecutivo y hasta pueda osarse a desafiarlo. Estos son los enemigos del líder de una democracia en la que la diferencia de opiniones no parece tolerarse.

La gran tristeza que la deconstrucción de un esquema de compartición de poderes, de entes autónomos, de gran consideración a la ciencia y de una prensa libre de ataques desde el ejecutivo, es que la victima principal de estos golpes es el ciudadano común. Nuevamente, los más vulnerables son quienes tarde o temprano sufrirán las consecuencias y se sorprenderán al toparse con un presente deteriorado.

Paradójicamente, son tan baratos y predecibles estos demagogos que utilizan el mismo libreto, pero con diferente idioma. La diferencia es que en este Siglo XXI nos toca escucharlos, verlos y hasta soportarlos en formato digital.

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