El mundo de las telecomunicaciones es más pequeño de lo que muchos imaginan. Es una telaraña de relaciones que van desde el guiño traicionero hasta un abrazo fraternal que surge del verdadero cariño que generan algunas relaciones. También es un universo donde en ocasiones tenemos la suerte de toparnos con personas que dejan una marca insospechada en cada uno de nosotros.

Recuerdo como si fuera ayer, hace casi 25 años, en un momento de esos de la vida en que me encontraba errante, tratando de sobrevivir en una industria de telecomunicaciones muy distinta a la actual. La ley de telecomunicaciones era joven, los operadores PCS prometían demasiado, el proteccionismo normativo era descarado y las acusaciones a la llamada Cofetelmex estaban a la orden del día. Eran los tiempos del retorno proporcional y las restricciones a la inversión extranjera, la oposición a estas era malinchismo.

Yo trataba de darme a conocer a través de la región publicando análisis, entre ellos uno sobre el mercado móvil mexicano desde una perspectiva técnica. En aquella época gran parte de la discusión del mercado celular se limitaba a la guerra tecnológica entre TDMA vs. CDMA y posteriormente GSM. Fue entonces cuando recibí una llamada, era Ernesto Piedras, quien regresaba de una reunión con autoridades de gobierno. Y me decía algo como: “te mencionó Enrique Melrose, utilizó tu escrito al cuestionar a las autoridades.”

Mentiría sino dijese que eso marcó un antes y después a la recepción de mis análisis en México. Luego ya tendría la oportunidad de compartir con Enrique en eventos y organizaciones, como cuando nos sorprendimos al encontrarnos en la Universidad de California en San Diego en un retiro del Instituto de las Américas. Los encuentros eran mayormente charlas de café, ahora me doy cuenta de que fueron demasiado pocas. Enrique era una de esas personas que siempre deseaba escuchar, siempre aprendía algo.

Desgraciadamente, el pasado miércoles, como cerrando un ciclo, recibo un mensaje de Ernesto Piedras avisándome que Enrique Melrose ya no estaba con nosotros. Siempre lo recordaré como lo que fue, un gran maestro que quizás nunca supo lo mucho que una de sus preguntas -hace casi un cuarto de siglo- me cambió la vida. Ahora solo me queda, querido Enrique, recordarte con tu típica sonrisa y decirte gracias, maestro. Algún día volveremos a charlar de lo presente y de lo añorado.

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