Un cliché recurrente del mundo digital indica que vivimos en un mundo sin fronteras donde las distancias han desaparecido. Los grandes avances de las telecomunicaciones hacen posible que las noticias lleguen de manera casi instantánea a cualquier rincón del planeta. Estamos habitando un mundo híper-informado en el que, idealmente, sería muchísimo más difícil cometer actos de terror contra un individuo o segmentos específicos de la población.

La digitalización de las comunicaciones aceleraría la condena internacional. La híper-conectividad dejaría en la obsolescencia la práctica de Amnistía Internacional de enviar cartas a las autoridades que violan derechos humanos alrededor del mundo. El objetivo de las misivas era presionar a los gobiernos que violan derechos humanos a escuchar los pedidos de la comunidad internacional. Básicamente, cartas para forzar la protección de la integridad física de las personas y exigir que se asegure el cumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Sin embargo, no porque un medio de comunicación ahora sea digital esto implica que las malas mañas de la raza humana se hayan eliminado. Así como evolucionan los canales que se utilizan para comunicarnos, también ha evolucionado la trampa, la corrupción y el odio. Los prejuicios continúan, las promesas vacías abundan y la desesperanza se hace cotidiana.

Mientras en el pasado la figura de gestor de contenidos en medios escritos y audiovisuales parecía ser importante, en el mundo digital, donde el vehículo más importante para enterarse de las noticias del día es el celular, las personas parecen contentarse con crear una burbuja de filtros que termina indoctrinándolos. La contraargumentación ha desaparecido, no es necesaria ya que miles de personas piensan de forma similar, no importa si lo que creen es que Finlandia no existe y en su lugar solo hay mar y bases militares. La camaradería disimula el absurdo.

El debate pensante ha muerto. La verdad la crea cada persona, la evidencia empírica es fantasía y la culpa de todo es siempre del otro. Todo se define en blanco o negro, no hay gris y mucho menos otros colores. Cada vez es mayor el número de personas que se comportan como fanáticos que consideran las acciones de un partido político como un todo, o todas buenas o todas malas. Magnífico veneno para polarizar la sociedad y crear enemigos donde no existen. No hay problema que no se resuelve con un trino ni empatía que no se resuelva con un me gusta.

Lo tenebroso del asunto es que, sin saberlo, estamos sucumbiendo a los principios de la propaganda de Goebbels. No hay más claro ejemplo que el presente discurso sobre genocidio que, hoy al igual que ayer, no se quiere dar en los medios oficiales. Simplemente escuchamos críticas, reacciones a protestas y numerosos ‘expertos’ que casualmente coinciden en opinión con el medio que los invita. Como en una película de vaqueros la cobertura de los conflictos se reduce a los buenos y los malos, el trasfondo no existe.

En el medio de este pandemonio encontramos imágenes, videos, testimonios y acusaciones sin cesar. Lo que no se encuentran son explicaciones, reflexiones o análisis. ¿Para que contextualizar? ¿Por qué molestarse en leer historia? Si lo que ocurre en Darfur, Palestina o el Congo Belga dista mucho de ser una tragedia. Se ha vuelto más importante saber las reacciones de los influenciadores que de los expertos. Se diseminan nuevas teorías conspirativas y otros actores toman ventaja del caos de contenidos para normalizar lo que en otro momento era impensable. Muy poca humanidad, Goebbels estaría contento.

El simplismo lleva al reduccionismo irracional donde una comunidad es el aposento de toda la maldad de la existencia. Una maldad que lleva a la creación de fantasías que justifiquen la separación entre los buenos y los otros, los extraños, los invasores, las sanguijuelas que nos desangran. Lo increíble del simplismo reduccionista es que su constante repetición paulatinamente lo convierte en verdad en la mente de muchos. Una vez se llega a ese estado de control grupal, lo siguiente son crímenes de lesa humanidad. No olvidemos que la propaganda de Goebbels es la que justifica uno de los mayores crímenes de la historia, el holocausto judío durante la Segunda Guerra mundial.

Tan eficaces son los principios de la propaganda que repetidamente los vemos siendo utilizado para justificar lo injustificable, por ejemplo, genocidios. Un término que se ha ido abaratándose demasiado, sobre todo en América Latina donde las persecuciones políticas comúnmente son denominadas genocidas.

Por eso es mejor ir a la fuente, según la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio del 9 de diciembre de 1948, nos indica que genocidio es

cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:

 a) Matanza de miembros del grupo;

b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;

c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;

d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; y

e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.”

Como se puede observar hay muchos conflictos que podrían tildarse, según esta definición, de genocidio. Pero por simple curiosidad, aparte del holocausto, ¿cuántos genocidios han ocurrido antes y después de la segunda guerra mundial? ¿Por qué parece haber una tendencia de denominar genocidio a masacres luego de que estas culminan? ¿Quiénes se acuerdan de Bangladesh, Cambodia, Guatemala, Bosnia, Ruanda, Darfur, Myanmar y de forma más reciente, Gaza? ¿Por qué pasaron décadas para reconocer como genocidio las acciones de los alemanes contra los hereros y nama en Namibia?

Uno de los problemas es que, si se declara un conflicto presente como genocidio, existe una obligación para intervenir, detener la matanza y llevar a juicio a los perpetradores del mismo. Por cuestiones geopolíticas nunca fue sorpresa que en el mundo occidental si se haya declarado genocidio lo ocurrido en los Balcanes en la última década del siglo veinte e ignorado los testimonios de cascos azules en Ruanda cuando se comenzó a asesinar a los Tutsi a machetazos.

No es posible que en pleno Siglo XXI, las acciones de unos pocos asesinos sean suficientes para condenar a todo un pueblo. Pero como George Orwell lo dijo en su obra, “hay animales que son más iguales que otros.” Según lo que muestran las redes sociales y noticieros tradicionales, este aforisma es válido en la muerte. Gaza nos demuestra que hay cadáveres que valen más que otros.

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