Había una vez, en un lugar perdido, de esos que colindan entre selvas, desiertos y mares, un pueblo que se sentía el más feliz del mundo durante el día y el más mísero por las noches. Como la mayoría dormía cuando esto ocurría, el malestar pasaba como anécdota. Aunque siempre unos pocos creían que tanta felicidad era sospechosa. No importaba el bien, ni el mal que pudiese acontecer, la alegría era la misma a la luz del día. En la noche las sombras quebraban el ser como una daga envenenada al corazón.

Los sospechosos se mantenían en su posición, pensando que algo andaba mal sin poder identificarlo. Así pasaban los años y la gente se mantenía entre los espejismos del sol y las puñaladas de la noche. Más de uno se despertaba acongojado en medio de la noche con el rostro lleno de lágrimas. Pero nadie se atrevía a comentarlo, quizás por vergüenza, tal vez por miedo, o probablemente por simple olvido.

Precisamente el olvido paulatinamente se fue convirtiendo en un tema polémico, creador de bandos y cismas pasajeros. Hasta que un día del que nadie se acuerda, un forastero sin rostro dejó a su paso un trozo de magia. Elementos de brujería que en las manos equivocadas podrían causar desolación y muerte. El pueblo para evitar un fin tan lúgubre decidió esconder el legado del visitante y evitar de esta forma su maldición.

Todo proseguía el curso normal hasta que a uno de los sospechosos se le ocurrió robar la magia para entender su secreto. Luego de mil aventuras, en un lugar familiar donde juraba nunca haber estado, el sospechoso abrió el saco de magia, sacudiéndolo para ver su contenido. Dos cosas cayeron al piso, un trozo de papel y un pedazo de carbón.

Sin saber cómo ni el porqué, el sospechoso comenzó a escribir, aunque jamás lo había hecho en su vida. Inicialmente estaba lleno de miedo, un pánico indescriptible pues solo los elegidos del señor eran dignos de leer y escribir. Pasaron los días, y el sospechoso hizo algo inesperado: comenzó a narrar en el papel las ocurrencias del día. Algo que se repitió por un tiempo, hasta que el carbón y el papel se rehusaron a colaborar.

Había llegado el tiempo de leer, quedó pasmado con cada una de sus propias narraciones. Reconocía su letra, pero no los eventos, las mismas preguntas repetidas una y otra vez. Las mismas justificaciones recibidas una y otra vez. Encontró su memoria, vivía en un lugar donde el crepúsculo del amanecer borraba la memoria dejando a todos con una gran alegría.

Decidió entonces convertirse en subversivo, enseñar a todos su versión de la historia. Enseñarles a leer, pero para que leyesen lo que él les proveía pues no quería arriesgarlos a los contenidos de los señores letrados, quería brindar historia a quienes parecían no tener voz. Hasta que un día, la mayoría de los habitantes ya sabía leer, forzando la abdicación de los letrados.

Entonces sucedió lo inesperado, pedazos de carbón y papel comenzaron a aparecer en distintos hogares. Muchos lo callaron, otros lo informaron. Quienes desde el secreto se afianzaron con sus escritos comenzaron a descubrir que hay otros tipos de olvido. Aquellos que se pierden en la memoria y los que no se escriben para que los mate el tiempo.

Esta epifanía llegó acompañada con diversos métodos para el contrabando de ideas. Juego infinitamente arriesgado porque no hace falta ser letrado o sospechoso para entender que no hay nada más peligroso que el pensamiento propio. ¿Qué hacer?

Los sospechosos sacaron de su colección personal de escritos la fórmula perfecta, identificaron lo que por años había funcionado a los letrados, lo actualizaron e implementaron. La culpa de todo era de los otros, de quienes se empeñaban en recordarle a los sospechosos las promesas hechas cuando se rebelaron contra los letrados.

Ahora toda valía, aliarse con los antiguos enemigos para tratar de controlar la información. Hasta se contemplaron medidas para forzar el olvido, prohibiendo la presencia de los nuevos historiadores en eventos oficiales. Lo que nadie se esperaba de la alianza entre sospechosos y letrados era cómo las facciones de estos se fueron trasformando hasta convertirlos en gemelos idénticos con distinta vestimenta. La situación se tornó insoportable, eventualmente los nuevos historiadores se hicieron con el poder.

El regalo ahora es un mito. Nadie se acuerda del origen de su nueva maldición, están condenados a ser gobernados por el mismo rostro vestido de diferentes colores. Quizás algún día comprendan que el verdadero regalo no fue la memoria, sino la esperanza.

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