La historia está preñada de similitudes independientemente de la época o su localidad. Algo que no debería sorprender a nadie pues al final de cuentas, la historia es la interpretación de unos hechos que ocurrieron en el pasado. Es por esta razón que siempre se escucha el cliché de que la historia la escriben los vencedores, comprensible si se tiene en consideración que muchas veces los perdedores estaban muertos.

Sin embargo, algo que llama la atención a través de los años es el comportamiento de los autócratas. Es como si a cada uno de ellos les dieran un manual de comportamiento en donde se les indicara cada una de las acciones a seguir para llegar a ese control de la conciencia de la población que nunca se realiza. Todo lo contrario, esos intentos lo que generan son miedos y mucha preocupación.

De esta forma, lo que inicialmente se persigue es la evidencia de un tiempo pasado. Erradicar pensamientos o visiones que puedan contradecir la visión que se tiene para el país, aniquilando en el proceso el pensamiento crítico. No es coincidencia que la quema de libros sea un tema cíclico ya sea en la antigua China donde la acción fue acompañada con el entierro de intelectuales o por emperadores romanos y bizantinos por temas religiosos.

Acción que fue emulada durante siglos para ver cómo ejemplares del Talmud y códices mayas abrazaban las llamas. En épocas más recientes, la prohibición alcanzaba textos que hoy día parecen ser requisitos de cualquier curso de humanidades o ciencias sociales. Los textos políticos nunca han sido bienvenidos, las llamas son una manifestación de la censura que llegó a su apogeo en la noche de los cristales rotos, hasta hacerse tan aborrecible que se necesita inventar una “ficción” novelada en Fahrenheit 51 para asumirla.

Hoy día la censura se da de otras formas más potables. Desde la prohibición de textos inapropiados para un sector de la sociedad como se ve casi diariamente en el sistema de educación pública de Estados Unidos, hasta la presión que se ejerce en las casas editoriales o en los mismos escritores. Nadie más sufre sudor y sangre por este fenómeno que los periodistas. Profesión que los autócratas adoran cuando hay coincidencias en la narración publicada y la ganancia política a corto plazo, pero que repudian cuando la crítica que anteriormente se hacía al contrincante ahora se tiene que asumir como propia.

Estos aprendices de dictador han perfeccionado un arma muy efectiva en su venta de quimeras. Escondidos entre congojas y un ficticio dolor, se transforman de victimarios en víctimas. Así van denunciando todo aquello que los deja mal parados como una conspiración, siempre la culpa es del otro, siempre hay una conjuración, siempre hay quienes trabajan en contra del bien del pueblo que magnánimamente solo el gran líder autócrata sabe identificar hasta el punto en que la constitución y otras leyes se vuelven incómodas, restrictivas, porque él sabe mejor.

Las críticas son dardos punzantes. La sonrisa del candidato que acampaba en una plaza clamando corrupción desaparece ante las preguntas necesarias de la prensa. Aquel candidato que desde su hacienda prometía la paz a un país entero mientras recolectaba dinero de grupos armados, se vuelve una furia ante el cuestionamiento de su gestión presidencial. La prensa adorada, la que daba publicidad gratuita al candidato, ahora está llena de noticias falsas, complots e influencias extranjeras. Ahora son el enemigo, son el foco de la nueva demagogia que calienta a las masas, son el nuevo foco de rechazo para todo aquel que siguen viviendo en la esperanza de un líder que sabe componer las palabras correctas con la seguridad de que nunca los seguidores auditarán sus acciones.

El problema que existe en un mundo digitalizado es que ya la quema del papel no es suficiente para amedrentar las voces, o como mínimo borrar la memoria escrita. La realidad digital hace que numerosas copias de un mismo texto puedan albergarse en multiplicidad de jurisdicciones donde la mordaza autocrática de la censura no puede llegar a alcanzarlas. Situación que se hace más complicada con la llegada de redes sociales y dispositivo con capacidades de crear archivos audiovisuales que narren con imágenes lo que se intenta callar en palabras.

De esta manera, cada asesinato de una voz no se transforma en silencio. Es un nuevo puñal sangriento por el que tienen que responder los líderes de turno. Aquellos que fomentaron odio contra los narradores de eventos, contra la conciencia colectiva, contra los periodistas. El rencor hacia la profesión no se contempla, el odio sembrado tampoco. Al que no le guste y se sienta en peligro, siempre puede salvarse con el exilio.

La desgraciada consecuencia de este mundo digital es el registro de toda acción y toda palabra del autócrata de turno durante su camino al poder. Ya no es cuestión de borrar imágenes en una fotografía como hacían los comunistas de la antigua Checoslovaquia según narraba Kundera, ahora es mostrar las palabras del mismo interlocutor contradecirse develando una inmensa hipocresía. Es poder acceder a las cifras y acciones de las diversas entidades de gobierno para verificar si las alegaciones son ciertas o simple quimera populista que intenta ocultar una realidad demasiado cruda para ser aceptada.

Una realidad que ha forzado al clientelismo político del Siglo XXI a digitalizarse. Así como se graban los intentos de compra de votos en un centro de votación en Haití luego de la llegada de teléfonos con cámara, también se ha visto cómo los pagos por un voto se hacen por medio de recargas o transferencias a cuentas celulares. Ya que la censura se hace imposible, los autócratas han ido evolucionando para contratar grandes números de personas que le manejen las redes sociales para difundir un solo lado de la historia. No se pueden borrar otras perspectivas, pero sí se puede confundir o enterrar con gran número de narraciones alternas lo que inicialmente se crea para intentar difundir una nueva voz.

No importa si es con una guitarra cantando rancheras, observando espíritus en forma de pajarito en una especie de nahualismo desacralizado o con estampitas de protección ante virus mortales. Lo importante no es el contenido sino la distracción, viralizar por redes sociales un mensaje a veces tan ridículo u ofensivo que impida a las personas centrarse en temas más campechanos como el desempleo, la inflación, los asesinatos de periodistas, la violencia o el narcotráfico.

La sobreinformación de la que tanto hemos escuchado a académicos y otros expertos ya nos está impactando. El mundo digital nos brinda alternativas para poder verificar aquellas cosas que nos resultan increíbles o desfachatadas, queda en cada uno vencer la pereza y quitarse el antifaz para intentar analizar el presente escuchando diversas voces, sobre todo aquellas que nos parecen infinitamente insoportables. De lo contrario, vencieron los autócratas pues nos han encarcelado en una burbuja donde lo único que se escucha son distintas interpretaciones del mismo eco.

Un eco que culmina su macabra función justificando tragedias, porque el premio es un plato de lentejas. Así se trivializa la violencia ante estudiantes, así se ignora a los falsos positivos, así se destruye la selva, así se olvida a los opositores encarcelados, así se exilan los intelectuales, así se crean pasquines de propaganda para sustituir a la prensa, así se borra los pasajes incómodos de los libros de historia y surgen balseros que arriesgan su vida en la búsqueda de un futuro mejor. Porque treinta monedas de plata para algunos justifican los actos que culminaron en los desaparecidos, un poco de dinero fue suficiente para crear a los falsos positivos, para transformar en la colonia más poblada del mundo una invasión militar en un día festivo que celebra la democracia. Un eco del mismo discurso: el autócrata es el único benefactor que sabe lo que le conviene al pueblo.

Funes el Memorioso se habría suicidado ante tal eventualidad, porque escuchar siempre lo mismo llega a ser peor que no pensar. Aunque dicen las malas lenguas, que, al morir, Funes no distinguía la diestra de la siniestra pues ambas obraban igual.

Un pensamiento en “El autócrata digital

  1. Cómo salimos de esa burbuja de desinformación? las redes sociales ahora son, al mismo tiempo, la bendición de la información en tiempo real y la daga que mata la verdad. Sólo faltan un par de horas para que la misma imagen o video tenga dos interpretaciones y con el aval de personas que arrastran opinión en sus seguidores (y ni siquiera ahondo en la cultura de cancelación que viene en auge). Nunca antes se tuvo una venda tan macabra en nuestros ojos

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