Columnista Invitado, Henoch Aguiar

Henoch Aguiar fue Secretario de Comunicaciones de la Argentina y asesor de la Comisión de Comunicaciones de la Cámara de Diputados de la Secretaría General de Presidencia y de la Secretaría de Información Pública). También miembro del Directorio de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones. Considerado uno de los principales expertos en temas legales del sector de telecomunicaciones de América Latina actualmente es profesor titular de Derecho en la Universidad de Buenos Aires y fundador del estudio legal Aguiar & Asociados. Su cuenta de Twitter es @henochaguiar.

Me fascina un video, corto, que les recomiendo: “Del átomo al universo”. La primera imagen muestra una chica sonriente. La cámara se aleja, rauda, kilómetros, años luz, hasta 10 billones de años luz, de los planetas y las galaxias a la estructura más profunda del universo. Parece que desde allí lo entendemos todo.

Se revierte la cámara. Volvemos a la chica. Esta vez, desde su retina, viajamos a lo infinitesimal. Vemos sucesivamente sus células, cromosomas, el ADN, polímeros, el núcleo de un átomo. Se abre un universo similar al astronómico, pero inverso: protones, neutrones y quarks, una mil billonésima parte de metro.

Lo diminuto es tan complejo como el universo entero. Este video tiene mucho que ver con nuestra mirada sobre las telecomunicaciones, la conectividad y la inclusión digital.

Desde los noventa hasta hace poco, mantuvimos una mirada telescópica de nuestra Teleco Land. Las leyes, regulaciones y licitaciones de espectro bastaban para modelar ese vasto universo. La política y las leyes nacionales eran responsables de cumplir metas y lograr el acceso universal. Provincias y municipios, niveles subnacionales, poco o nada hacían. Como mucho, no obstaculizar la instalación de antenas o el tendido de redes.

La telefonía fija perdió su reinado. Su dinastía, con 19% mundial de teledensidad, en el 2005, araña hoy el 12%. A Rey muerto, rey puesto. Los celulares alcanzan al 106% de los habitantes. Nueve móviles por cada línea fija, con una cobertura superior. Eso nos informa la imagen Telescópica.

Pero, pero, pero… si miramos con el microscopio, aparecen dramáticas diferencias. Los lisos agregados estadísticos recubren profundos pozos de desigualdad. Cada ciudad, por más que sea Nueva York, tiene su Harlem digital. A kilómetros apenas de núcleos, híper conectados con FTTH, hay barrios o poblaciones con 20 años de atraso en su conectividad.

No menosprecio en absoluto a la regulación nacional. Es esencial y debe ser moderna, informada, anticipadora, rápida de reacciones, regenerar permanentemente la competencia y la apertura a nuevas tecnologías. Es la condición de base, la regla del juego. Si la cancha estuviera inclinada, si no hubiera control de faltas y penales, de nada serviría el microscopio.

Quizá hayamos pensado, empero, que esas macro reglas eran suficientes, sumadas a algunas iniciativas globales para desarrollar nuevas troncales, conectar escuelas, generar centros de conexión digital para una mayor inclusión. Pero la exclusión digital sigue presente, testaruda. Localidades con 3G. Servicios de Internet que no superan, ni pueden, los 20 Mega.

Necesitamos, ahora sí, estudiar la enfermedad digital con el microscopio. Para diagnosticar esa realidad que no se ve desde la capital nacional o desde las gobernaciones. El mapa de nuestras dolencias digitales debe ser trazado en sentido inverso, de abajo hacia arriba. Necesitamos darle los medios y trabajar con cada intendente, cada alcalde. Todos debemos por igual entender lo que nos pasa y ser corresponsables del salto de conectividad, del plan de inversión y de inclusión digital para que nuestras poblaciones no queden postergadas.

No es desde los despachos capitalinos que podremos adentrarnos en cada barrio, en infinidad de localidades de menos de 1000 habitantes, en cada zona turística, rural, o de montaña. Sin embargo, está en juego su futuro. Sin Internet, no habrá nuevos puestos de trabajo, ni jóvenes que la habiten, ni turismo. Sin Internet, es la crónica de una muerte anunciada. 

Para evitarlo, debemos cambiar la metodología. No se resolverá desde lo alto de la torre de marfil en que se analizan las políticas nacionales. Es necesaria una planificación de abajo hacia arriba (bottom up). Desde el máximo poder, empoderar a los intendentes y concejos vecinales.

Lo primero a compartir es una creencia común, una nueva misión: resaltar la importancia de la conectividad de cada grupo humano. Que cada alcalde, cada concejal, cada periodista, cada docente, cada padre de una comunidad, sueñe con que Internet llegue, al menos, adonde la electricidad llega. Y cuando no, instalar paneles solares y antenas satelitales. Que no haya ciudadano que no tenga la Sociedad del Conocimiento al alcance de su mano, como su meta.

La planificación comienza por un diagnóstico local de las dolencias digitales. Saber qué barrios, qué parajes tienen mala o nula conexión. Identificarlos en el mapa, manzana por manzana. Saber cómo se conecta cada escuela (cada alumno, a decir verdad), cada dispensario, comisaría o centro cultural. Cada casa. Ver si es suficiente la conexión en posadas, comercios, o en centros de artesanías. Detectar los lugares públicos sin Wifi disponible.

Quizá parezca mucho detalle. Pero el hambre de Internet, las posibilidades de vida florecidas o truncas son de personas concretas. Necesitamos aprender a usar el microscopio de nuestras necesidades digitales.

La planificación bottom up tiene una enorme ventaja. Hace conscientes a todos los protagonistas de las necesidades reales. No esconde la basura debajo de la alfombra. Al subir y agregar los diagnósticos de una región o de una provincia entera, podremos entonces sí, encontrar sinergias. Mediremos el esfuerzo necesario. Y se hará un uso inteligente de los recursos disponibles, sin duplicar esfuerzos, ni ignorar las necesidades.

Se genera así una mesa dinámica de intercambio en que todos aportan. La municipalidad que quiera modernizarse actualizará sus ordenanzas, aportará predios para nodos o torres. Los prestadores chicos pueden aliarse para compartir nuevos tendidos FTTH, manteniendo cada uno los clientes iniciales. O acordar con operadores nacionales el mantenimiento y up grade de sus redes locales de ADSL, a cambio de una mejor conexión mayorista. Incentivados por fondos del Servicio Universal que ayuden a desarrollar redes o troncales allí donde las limitaciones de mercado no lo permitirían.

Para salvar la inclusión, para mirar con orgullo y esperanza los tiempos que se vienen, para no quedar estancados, es necesaria una nueva filosofía de desarrollo de la conectividad nacional, aunar a los enfrentados de siempre. Sin Montescos ni Capuletos. Acuerdos público-privados que articulen el principio de subsidiariedad, complementándose, no substituyéndose. Aceptando las necesidades, las capacidades y las restricciones mutuas.

Del Telescopio al Microscopio. Una filosofía que respete a todos los actores del ecosistema digital. Que se inicie en cada municipio, que recoja las presencias y planes de los operadores más chicos, que fomente (o regule) el uso compartido del posteado eléctrico. Que pequeños, medianos y grandes prestadores, conscientes de los desafíos, vean qué emprendimientos comunes pueden ser de beneficio mutuo.

Sin un diagnóstico certero, no hay de que hablar. Sin una mesa de intercambio y de acuerdo, zona por zona, para compartirlo, no hay cómo pensar en común.

La política esta vez debe ser la convocadora del encuentro y la facilitadora de la búsqueda de soluciones. Sin imponer. Entendiendo, sintetizando, articulando, promoviendo el desarrollo conjunto de los actores.  Es más que una política de Estado. Es la creación de una política de Codesarrollo de la Sociedad. Una estrategia compartida, un norte común. Por el bien de todos.  

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión oficial de este blog.

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