Una de las noticias que más ha llamado la atención en el mundo de las telecomunicaciones regionales ha sido la desinstalación, en la Ciudad de Nueva York, de su último teléfono público. El simbolismo que esta ocasión tiene no pasa desapercibido pues más de una persona lo llamó ‘el fin de una era’. Tampoco faltaron quienes comenzaron a preguntarse cuándo sucederá esto en las ciudades de América Latina. Repentinamente tener teléfonos públicos en nuestras ciudades se ha convertido en una mancha de atraso y subdesarrollo.

Quizá estas reacciones se dan porque reducen el teléfono público a ese instrumento que se utilizaba cuando las personas no contaban con una línea telefónica en la casa. La masificación de los servicios móviles los ha hecho obsoletos. No obstante, los teléfonos públicos cumplían otras funciones que no generaban ingresos al operador, como poder llamar a números de emergencia de forma gratuita y en los barrios más pobres hacer accesible la telefonía entre aquellos que tal vez no pueden costear todo lo que conlleva poseer servicio celular.

Si miramos a América Latina, la importancia de los teléfonos públicos es cada vez menor. Sobre todo, en las zonas urbanas donde usualmente son vandalizados, creando costos innecesarios para los operadores de telecomunicaciones que pueden tener obligaciones legales de darles mantenimiento para que estén en condiciones de seguir operando. Mientras en zonas rurales, donde la cantidad de personas que poseen un celular es menor o simplemente no existe cobertura de este tipo, la presencia de teléfonos públicos cobra una mayor importancia.

Ahora, en lugar de hacer una apología al teléfono público, la pregunta es: ¿por qué hay localidades donde estos siguen siendo vigentes? Su vigencia es signo de problemas más profundos como una brecha digital básica centrada en servicios de voz. Si esta brecha de telefonía existe, lo más probable es que la brecha también exista en la adopción de servicios centrados en datos como el Internet y las distintas aplicaciones a las que una persona puede tener acceso por medio de su celular.

Claro que nada de esto es novedoso y muchos operadores hace casi dos décadas, preparándose para el final inminente de la telefonía pública, trataron de evolucionarla por medio de la instalación en ellos de puntos Wifi. Precisamente Nueva York fue una de las primeras ciudades donde se hicieron este tipo de pruebas con resultados poco alentadores.

Tal vez fue muy apresurada esta idea, la penetración de dispositivos capaces de conectarse a Wifi hace unos 10 a 15 años no contaba con la ubicuidad del presente. Los estrategas olvidaron en ese momento que para utilizar un teléfono público para hacer una llamada simplemente se necesitaba una moneda. Utilizar Wifi de estos, requiere un dispositivo capaz de conectarse a esta red. Lo anterior sin entrar en discusiones de lo seguro que es utilizar un celular o una tableta en medio de la calle.

Seguro que más de uno pensará, que doy razón a quienes afirman que el teléfono público es signo de atraso y que Estados Unidos nos muestra nuevamente lo que es estar a la vanguardia tecnológica. El problema con esta afirmación es que no fue Estados Unidos quien se quedó sin teléfonos públicos, tampoco fue el estado de Nueva York, sino su principal ciudad. Evidentemente el proceso observado la pasada semana será replicado cada vez más alrededor del mundo, pero estamos todavía muchos años de distancia antes de que el último teléfono público sea desconectado en el país norteamericano.

No me queda la duda que la desaparición de los teléfonos públicos se acelerará en aquellos países latinoamericanos donde las autoridades trabajen en una agenda digital nacional que impulse la conectividad en zonas apartadas, con baja densidad poblacional y un poder adquisitivo limitado.

Aquellos países que no cuentan con una estrategia de conectividad nacional, independientemente de las promesas que puedan hacer sus lideres, lo único que hacen es exacerbar la pobreza al limitar las oportunidades que tienen las comunidades más pobres y marginadas de mejorar su situación por medio de la tecnología.

Ojalá esas comunidades posean como mínimo un teléfono público.

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