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Construyendo el diálogo sobre 5G

La industria de telecomunicaciones se distingue por requerir grandes inversiones en periodos de tiempo que serían muy cortos en otros sectores de la economía. Es por esta misma razón que cuando se analiza la oferta de un servicio, es imperativo que se incluya la estructura de costos como parte del ejercicio que se está efectuando. Sobre todo, si lo que se intenta como política pública nacional es  incrementar el uso de estas tecnologías para impulsar desarrollo, fomentar la creación de empleos e impulsar el bienestar social.

Dicho de forma más sencilla, que tres empresas ofrezcan un mismo servicio no significa que el costo para el montaje de la red y la expectativa de vida de esta sea similar. Esto se debe a las numerosas variables que deben considerarse al momento de construir una red de telecomunicaciones, muchas de las cuales cambian de localidad en localidad.

No es lo mismo hacer un tendido de fibra óptica en el departamento de Montevideo en Uruguay, que hacerlo en Artigas; como tampoco es lo mismo ofrecer servicio 4G en Ciudad Sandino que en Nicaragua. Elementos como la infraestructura civil existente, tasas impositivas, topografía, costos laborales y diseño de la red tienen que ser considerados.

Pero aun en un supuesto de que todas las condiciones son idénticas, algo completamente irreal, la estructura de costos de una red variará según la tecnología utilizada. Por ejemplo, una conexión de banda ancha fija de 150 Mbps que puede ofrecerse por medio de una red móvil, una conexión satelital o una de fibra óptica, se le presenta al cliente con paquetes tarifarios muy distintos entre sí.

Aparte de las variables de la oferta y demanda que puedan existir en cada localidad, las tarifas tienen como parte de su objetivo recuperar la inversión hecha en infraestructura por el operador de telecomunicaciones antes de que su red quede obsoleta o deje de ofrecer servicios. Es precisamente en este punto donde comenzamos a contemplar una realidad pocas veces discutida: ¿cuánto tiempo tiene cada operador para recuperar la inversión hecha dependiendo del tipo de plataforma tecnológica que está utilizando?

Si el énfasis se poneen la industria satelital, se observa que el tiempo promedio de vida de un satélite que ofrece servicios de telecomunicaciones oscila casi siempre, si es que no hay algún accidente, entre doce y quince años. Por esta misma razón, el proceso de venta de capacidad de estos servicios comienza mucho antes de que el satélite esté en orbita pues se tiene que maximizar la generación de ingresos para asegurar como mínimo la recuperación de la inversión. Claro que los satélites tienen la ventaja de poder ofrecer servicios en grandes espacios geográficos que muchas veces incluyen dos países o más lo que les permite, en teoría, tener un mercado potencial de clientes mayor al de los operadores de telecomunicaciones terrestres que operan a nivel local o nacional.

Contrastando con la expectativa de vida de los satélites, las redes móviles tienen en promedio un periodo de vida de veinte años, pero con la particularidad de que aproximadamente cada diez años surge una nueva tecnología que demora alrededor de una década en masificarse para paulatinamente convertirse en obsoleta durante los diez años que le quedan de existencia. La ventaja que tienen los operadores móviles es que su despliegue en comparación con la de redes alámbricas, como el par de cobre o la fibra óptica, es mucho más barato por lo que cubren una mayor área geográfica. No obstante, su ventaja sobre la más amplia cobertura que ofrecen los satélites son los bajísimos costos de acceso que tienen los clientes finales para acceder a estas redes.

Mientras los usuarios de servicios de banda ancha o telefonía satelital tienen que gastar cientos de dólares en dispositivos y paquetes de servicio, las economías de escala del sector móvil permiten a los usuarios a obtener servicios similares a una fracción del precio que ofrece el operador satelital. El resultado de esta dinámica es que los servicios satelitales minoristas han sido históricamente de nicho representando apenas décimas de un punto porcentual del total de líneas de telecomunicaciones. También es importante mencionar que son líneas que ofrecen servicio a personas o entidades que no cuentan con otra alternativa para conectarse. 

Por otro lado, si la red que está ofreciendo servicio de 150 Mbps es de fibra óptica observamos que el periodo de vida de estos cables supera los cuarenta años. Ahora, el despliegue de estos no es barato y solo se justifica en zonas de gran demanda como son las ciudades o zonas suburbanas con alta densidad poblacional.

Claro que la vida es muy compleja y no tenemos divisiones tan claras en términos de redes de telecomunicaciones completamente homogéneas. La realidad nos muestra un ecosistema de telecomunicaciones donde estas tres plataformas principales se entretejen para que, dependiendo de la demanda, la topografía e infraestructura civil de cada localidad, el operador pueda decidir qué tipo de tecnología desplegar por sí mismo y cuál rentar a los otros actores del mercado. Algo popularmente denominado coopetencia por investigadores de la Universidad de Harvard en la última década del siglo pasado.

Si tomamos lo escrito hasta ahora como preámbulo de lo que son las redes de 5G, encontramos que su existencia y éxito depende en gran parte de la infraestructura de telecomunicaciones ya desplegada en un mercado. Principalmente las redes de fibra óptica que serán las únicas capaces de soportar las altas tasas de tráfico bidireccional que cursen las antenas de esta tecnología independientemente de su tamaño o ubicación de la frecuencia de espectro radioeléctrico utilizada.

También cuando se habla de infraestructura de telecomunicaciones existente al momento de considerar 5G hay que mencionar que estas redes no son totalmente independientes, sino que realmente se constituyen al crear un ecosistema de tecnologías, muchas de ellas operando desde hace años, para poder lograr el desempeño prometido. Desde antenas inteligentes hasta la desagregación de portadores y el uso de pequeñas celdas, con 5G veremos cómo tecnologías existentes se potencian y cómo la virtualización de la red comienza a tomar un rol cada vez más protagónico. La tecnología es evolutiva, ni siquiera las redes OPEN RAN son puramente 5G, sino que también existen operando con tecnologías anteriores.

Una vez se comprende esta ecuación es más fácil llamar a tener cuidado en los atributos que se le da a 5G como la tecnología que habilitará la transformación digital, virtualizará las redes e impulsará la digitalización por medio del Internet de las Cosas. Todo esto ya existe con tecnologías inalámbricas anteriores, 5G lo que contribuye es un fuerte abaratamiento en los costos de transmisión de datos, elemento sumamente importante para que todas esas tecnologías existentes salgan de su nicho para comenzar a generalizarse brindando sus servicios a una mayor cantidad de usuarios.

5G no inventa la transformación digital, no crea a la economía 4.0 y tampoco formula lo que será una ciudad inteligente. Lo que sí hace es brindar mayor capacidad para que las estrategias que apuntan a estas metas sean alcanzables en un menor periodo de tiempo y a menor costo.

Precisamente por esta razón es necesario entablar una fuerte y seria conversación acerca de 5G que contribuya a disipar dudas y establecer objetivos realizables. Una conversación que finalmente saque a 5G de la prisión de estar solo relacionado con espectro radioeléctrico sin considerar todos los otros elementos tangibles de este ecosistema que pueden impulsar o quebrar su operación. Debe ser un diálogo que vaya más allá de la oferta de servicio del proveedor de telecomunicaciones para integrar actores que generan valor a las redes por medio de aplicaciones y equipos que puedan beneficiarse de una menor latencia, una mayor velocidad en la transmisión de datos y una capacidad de conectar hasta un millón de dispositivos por kilómetro cuadrado.

El Instituto Federal de Telecomunicaciones de México con el establecimiento de su Comité 5G parece apuntar hacia este objetivo. El regulador mexicano se une a esfuerzos de otras entidades regionales que desde distintos acercamientos están invirtiendo y explorando la mejor forma de sacar provecho de las nuevas tecnologías de telecomunicaciones como se ha estado observando en Colombia con la implementación del primer arenero regulatorio para telecomunicaciones, mejor conocido como Sandbox en los foros especializados del sector.

La Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) adecuó una idea anteriormente originada en el Reino Unido pero centrada en el sector Fintech para agilizar la llegada de nuevas tecnologías y ser más ágiles al momento de identificar cuáles son los cambios necesarios, si alguno, en el marco legal del país que son necesarios para potenciar el desempeño y adopción de la nueva tecnología.

Otros países como Chile por medio de su Campus 5G han ido apostando en fomentar el desarrollo de aplicaciones y productos que incrementar el impacto positivo de esta tecnología en el mercado pues se fomenta crear soluciones locales a problemáticas locales, pero sin perder la visión de que se vive en una economía global. Los ejemplos pueden seguir mencionándose como el Complejo 5G de CPqD en Brasil o los esfuerzos de al menos un operador de utilizar a Puerto Rico como campo de prueba de todos los servicios que puede ofrecer a sus clientes regionales por medio de 5G.

Son todos estos esfuerzos los que llevan a crear una esperanza y esperar que el desempeño del grupo asesor creado por el IFT cumpla con las expectativas del sector, meta sumamente difícil en un mercado tan polarizado como el mexicano. Grande es el desafío, pero igual de enormes es la recompensa sentar un importante precedente a nivel regional en términos del diálogo de las autoridades de telecomunicaciones con los representantes de esta industria, pero también de la academia y la sociedad civil.

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