La industria global de telecomunicaciones se encuentra sumida en una importante discusión centrada en 5G. La complejidad de la tecnología hace que la comunicación entre las partes en ocasiones sea fluida mientras en otras sea presa de una cacofonía que impide el intercambio de perspectivas. Para algunos 5G significa un avance sin paralelos, la panacea tecnológica que atenderá todas las necesidades existentes desde el presente hasta la posteridad.

Ante esta visión es imposible no hacer un paralelismo con la exagerada sentencia de Fukuyama sobre el fin de la historia cuando en 1989 predecía que la única forma de gobierno viable hacia el futuro sería la democracia liberal. El paso de los años llevó al politólogo a posponer la fecha en que el liberalismo occidental se trasformara en universal.  Asimismo, quienes predicen que el 5G será la última generación de tecnologías inalámbricas seguramente revisitarán su posición en menos de una década.

Obviamente cada uno de los protagonistas de la discusión sobre el futuro de 5G quiere reforzar un aspecto muy importante relacionado tanto al desarrollo de la tecnología como al bienestar futuro de la entidad que representa. Esta simple razón es la que origina la diversidad de opiniones en los encuentros internacionales de armonización de espectro y en más de una ocasión ha culminado en el enfrentamiento entre representantes del sector privado con aquellas entidades públicas encargadas de regular las tecnologías de información y comunicaciones (TIC).

El desarrollo de 5G enfrenta muchos obstáculos tanto en América Latina y el resto del mundo. Por un lado nos enfrentamos con el tema de costos, cuál es la inversión necesaria para el despliegue de 5G y los tiempos de recuperación del dinero invertido por parte de los prestadores de servicio. Por otro lado, el freno lo provee la regulación existente al carecer de un sistema homogéneo de entrega de permisos que abarate y acelere el despliegue de una nueva infraestructura. Lo anterior sin olvidar un aspecto muy importante, la justificación de 5G, poder responder la pregunta: ¿qué puedo hacer con 5G que no pueda hacer con LTE-A que me da velocidades pico de 300 Mbps en mi ciudad?

La respuesta a esa pregunta servirá de catalítico para que las autoridades de gobierno se enfoquen en viabilizar el despliegue y adopción de 5G mientras allanan el camino para el advenimiento de 6G. Para ello será necesario convencer a los distintos actores sobre la importancia de utilizar la plataforma tecnológica más eficiente para conectar la red móvil 5G con la red dorsal de fibra óptica del país. No siempre la fibra óptica se prestará como mejor alternativa para servicios de backhaul, poder reconocer cuándo los servicios de microonda o satelitales son convenientes es sumamente necesario para llevar 5G a las regiones más remotas de América Latina.

Sin embargo, un peligro presente que también existe es el discurso miope que observa en 5G como el epítome de una modernidad simplificada con apellidos complejos, pero familiares, como “Internet de las Cosas” o “Computación en la Nube”. No reconocen a 5G como lo que es, un paso más de una evolución constante de la redes móviles que en alrededor de diez años comenzará a ser reemplazado con aquella tecnología que para entonces se denomine 6G.

Los avances que se contemplan en las distintas tecnologías que forman parte del ecosistema 5G, junto al progreso que puede haber en términos de mejoras en la eficiencia en uso del espectro radioeléctrico, menor latencia, mayor capacidad de almacenamiento e incremento en la rapidez en que se analiza la data recopilada son caminos que se dirigen hacia un nuevo destino, el ecosistema de 6G.

Recordemos que las generaciones móviles tienen como lapso de vida unos veinte años, pero cada diez comienza la comercialización de una nueva generación. Esto prácticamente garantiza la coexistencia de un mínimo de tres redes móviles distintas en aquellos operadores que superen al menos la década de existencia. Por lo tanto, es imperativo que la migración de líneas de las redes más antiguas hacia las más modernas sea un elemento crucial para todo operador al momento de comercializar una nueva generación tecnológica.

Es por esta misma razón que comenzar a hablar de 6G no es algo precipitado, sólo es recordar a todos los actores del ecosistema de telecomunicaciones que las decisiones que se tomen hoy día pensando en 5G tendrán repercusiones a largo plazo que impactarán tecnologías aún más avanzadas que las que terminen bajo el paraguas del IMT-2020. En un mundo cada vez más convencido que el futuro del crecimiento económico depende de la digitalización de sus procesos transaccionales, pensar en un 6G que incluye mejoras sustanciales en el desempeño de antenas inteligentes y una integración más fuerte entre las redes terrestres y las satelitales es simple sentido común.

Sí, existen detractores tan importantes para la historia del mundo móvil como Carphone Warehouse que avisen que el 6G nunca llegará a existir, la realidad nos muestra todo lo contrario. Quizás no bajo el nombre 6G pero si bajo un apelativo distinto que lo diferencie de 5G. Así como a una fruta la puedes llamar melocotón, durazno o albaricoque para referirte a lo mismo, rebautizar 6G con otro nombre es algo que los conquistadores milenarios hacían con los dioses locales. ¿Acaso la ubicación de antiguas iglesias, sinagogas o ermitas es una casualidad?

Mientras eso sucede, la Universidad de Oulu en Finlandia recibió 250 millones de euros para que durante los próximos ocho años siente las bases de lo que sería 6G. Por otro lado, nuevas entidades como ComSenTer están surgiendo para establecer algunas de las condiciones mínimas de 6G, tecnología que debería comenzar a explotar bloques de espectro que van desde los 100 GHz a 1 THz. Otros ven en la llegada de 6G una tecnología que es mucho más fácil de desplegar gracias a los inicios de la virtualización que se han dado en los pasados años.

Un elemento que si será esencial en el crecimiento de las futuras tecnologías inalámbricas es el crecimiento de numerosos dispositivos conectados, comúnmente denominado como Internet de las Cosas. La realidad es que en los próximos diez años aun nos encontraremos en la infancia de esta tendencia de ir digitalizando tanto a los sectores productivos de la economía como a los utensilios que utilizamos cotidianamente en nuestro hogar. El llamado 5G será apenas la tecnología que viabilice el comienzo a un crecimiento exponencial de dispositivos, pero no será protagonista cuando se alcance esa ubicuidad en conectividad de los objetos inanimados a nuestro alrededor. Apenas estamos en el prólogo de esa historia.

Lo dicho, 5G es solo un letrero más en el largo camino de la innovación. No será panacea, pero sí mejorará los servicios que tenemos en la actualidad.

Referencias

Todas las imágenes de IEEE.