Durante los años dorados de liberalización y/o privatizaciones del sector de telecomunicaciones de América Latina, una de las principales máximas que se escuchaban constantemente era: “constrúyelo y vendrán”. Estas tres palabras resumían la actitud del mercado hacia una región que por décadas se encontró con una demanda reprimida de servicios básicos como la telefonía. Eran tiempos donde el valor de una propiedad podía fluctuar dependiendo de si contaba o no con una línea telefónica.

Los años siguieron pasando, las tres palabras mágicas continuaron su rol protagónico y el número de proveedores de telecomunicaciones parecía no encontrar límite. Repentinamente ese mismo mercado al que todos apostaban dijo basta. No porque se construya una nueva red de telecomunicaciones esto implica que los clientes van a llegar. Las tres palabras mágicas encontraron en la realidad su inminente descalabro.

El primer error de esta eufórica frase fue no distinguir entre el deseo de adquirir nuevos servicios y la capacidad de los clientes potenciales para acceder a éstos. Al final de cuentas, el número de individuos, empresas y hogares que hay en un mercado es finito. Un simple caso de sobreoferta en un mercado saturado.

Las consecuencias del “constrúyelo y vendrán” se observaron a través de toda América Latina por medio de fusiones, quiebras y la desaparición de sociedades que nunca pudieron transformar sus planes de negocio en redes tangibles. Aquí no hubo segmento que se librara pues el golpe afectó a todos, desde operadores tradicionales de servicios fijos y prestadores de servicio móvil a empresas que comercializan capacidad satelital o despliegan fibra óptica.

Pero la historia es cíclica y el ser humano demasiado testarudo. Nuevamente se escuchan versiones modernas del “constrúyelo y vendrán” como panacea a todas las brechas digitales que tenemos en la actualidad. ¿Realmente existe una solución tan fácil para un problema tan complejo? La respuesta es absolutamente no. Ni siquiera se puede hablar de una brecha digital homogénea dentro de un mismo país, mucho menos a nivel latinoamericano. Pensar que la inequidad se resuelve sólo con redes de telecomunicaciones raya en lo absurdo. Una herramienta por sí sola no es solución sino parte de ella.

Quizás el caso más mediático sea el del mercado de telecomunicaciones de Cuba. En las últimas semanas se han publicado todo tipo de noticias sobre el estado de las telecomunicaciones de la mayor de las Antillas. Vi errores tan sencillos como, por ejemplo, afirmar que una empresa finalmente iba a llevar Internet a esta isla (debería haberse reportado “expandir” el poco que sí existe y es censurado por el gobierno cubano). Repentinamente Cuba accedería a la modernidad digital, a ese ansiado primer mundo de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC).

Lo que me parece curioso es que en medio de tanta euforia nadie se preocupa por mencionar el poder adquisitivo de los cubanos. ¿Cuántos tienen el ingreso suficiente para comprar teléfonos inteligentes que puedan brindarles servicios de banda ancha? ¿Cuántos podrán comprar aplicaciones y otros contenidos por medio de su celular? ¿Cuántos tienen el dinero suficiente para comprar un computador y pagar un servicio de banda ancha mensual?

Las preguntas anteriores no deben limitarse al mercado cubano. Las mismas aplican a cualquier localidad rural de América Latina que tenga como características principales una baja densidad poblacional constituida por individuos con poder adquisitivo limitado. La pregunta apropiada bajo estas circunstancias es: ¿si lo construyes, quién puede pagar lo que le ofreces? ¿Cómo se recupera la inversión?

Si me preguntan sobre el mercado cubano o de localidades rurales de América Latina, seguramente responderé que existen interesantes posibilidades de desarrollo y crecimiento de las TIC. Aquí haría un aparte para concentrarme en las características particulares de cada caso en cuestión, pues siempre hay, en referencia al contexto local. Entre las cosas que mencionaría está la necesidad de mejorar el poder adquisitivo de las personas, invertir en capacitación digital de la población y aunar esfuerzos para expandir la infraestructura vial, mejorar servicios de electricidad e implementar programas que reduzcan el desempleo.

Estamos en un mundo donde hay que crear las condiciones apropiadas para que el “constrúyelo y vendrán” tenga cierto grado de veracidad. Tener esperanzas no es suficiente.

Referencias

La imágen es de Unplash.

Una versión de esta columna fue publicada en el diario El Economista el 30 de marzo de 2016.