A veces escribir nos lleva por caminos poco agradables. Eso sucede cuando la evidencia que encontramos nos recuerda lo peor de la humanidad. Cuando en lugar de lealtad y cooperación encontramos improvisación y la gran sospecha de que los intereses personales sobrepasan a los comunes en la sociedad.

Ya son demasiadas las semanas que han pasado desde que Puerto Rico y otras islas del Caribe, teóricamente con menos recursos, menos dinero y sin el supuesto apoyo estadounidense que por tantas décadas ha servido a políticos locales – algunos responsables y con buena fe, otros mercenariamente oportunistas – a fomentar una creencia de que siempre tendremos la protección del más poderoso país de la historia de la humanidad.

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Más de cinco semanas después muchas de esas pequeñas islas que fueron abatidas, no por uno, sino por hasta dos huracanes en un periodo de tres semana ya se encuentran regresando a la normalidad. Las conversaciones internacionales en el resto del Caribe, en lo relacionado a telecomunicaciones, se enfocan como mejorar los planes existentes de recuperación ante desastres y establecer una estrategia que incremente la redundancia de todas las comunicaciones oficiales durante el paso de un huracán.

No queda duda que Puerto Rico para gran parte del planeta ha desaparecido del mapa de noticias. Parte de esta ignominia la explico con la mismas palabras que he explicado la ignorancia del mundo ante la realidad política de un Estado Libre Asociado, que ni es estado, no es libre y tampoco está asociado; sólo la asociación que permite ser posesión o el famoso “es de, pero no es parte de” que tan pocas veces se escucha en medios insulares.

Flag location map of Puerto Rico, political outside.

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A quienes preguntan les respondo que en Estados Unidos piensan que Puerto Rico es América Latina, y como tal, se ignora mencionar la isla en discusiones distintas a la guerra de 1898. Mientras que en América Latina Puerto Rico se mira como parte de Estados Unidos, por lo que tampoco se estudia ni contempla. Vivimos en un hermoso limbo, diría purgatorio pero un tal Benedictino dijo que no existía como lugar físico.

Lo jocoso de todo es que el famoso Estado Libre Asociado se engendró inicialmente como solución temporal, para buscar un tan necesitado desarrollo económico y de mejor distribución de riquezas que el presente en el Puerto Rico de posguerra. Desde entonces han pasado 70 años y, como en un eterno déjà vu, la pobreza continúa, la emigración es la orden del día y la economía sigue controlada desde el extranjero.

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Pero regresando a injurias cercanas, contrastando con la realidad de islas con menos territorio y sin el apoyo de conciudadanos del norte, Puerto Rico es un caos. Quienes se atreven a exigir sus derechos y gritar, si gritar porque la presente situación amerita gritos, para que la promoción personal pase a un segundo plano, son acusados de tener aspiraciones políticas.

No obstante, aquellos que callan ante cada insulto vertido en su cara tanto en su casa como en la ajena son los que mejor nos representan. Que al puertorriqueño que ha perdido su casa, que está enfermo y no tiene medicinas o que se ve forzado a emigrar para subsistir se le llame vago es imperdonable. Más aún cuando se nos describe como sanguijuelas que descuadran un presupuesto teñido de sangre por guerras surgidas desde la mentira.

Tal parece que la declaración del Gabo es cierta y Puerto Rico, el antillano no el del Meta colombiano, es peor que Macondo. Así como Melquiades llevaba la modernidad en forma de hielo, un par de alcaldesas de San Juan compraron nieve a Alaska para que los niños puertorriqueños tuviesen una verdadera navidad. No me cabe duda que alguno de ellos tendría en su familia a un abuelo llamado Ismael, cuyo nombre original fue US Mail.

Puerto Rico Snow

Nunca suscribí las teorías de insularismo de Pedreira y menos la docilidad de Marqués, aunque hay individuos que hacen muy difícil sobrepasar la superficialidad de estos textos. Lo complejo de ser puertorriqueño es que no nos limitamos a un pequeño terruño caribeño, tenemos una diáspora bastante compleja con muchas diferencias entre sí y bastante cultura en común que la enlaza. Individuos que luego de varias generaciones en Hawái o Alaska siguen conectados al Caribe aunque no hablen en español.

Nada es imposible en un país donde los políticos se pelean para afirmar y negar que Puerto Rico es una nación. Donde los días festivos son de nombres extranjeros y las más importantes figuras de su historia duermen en panteones ubicados más allá de sus fronteras.

Desde una perspectiva cínica, el desastre humanitario comenzado el pasado 19 de septiembre en Puerto Rico ha tenido dos consecuencias muy importantes. La primera, en los Estados Unidos, es informar a la gran mayoría de la población que en el medio del Caribe existe una colonia (sí, hubo clase de geografía incluida en numerosos noticieros) llamada Puerto Rico que dentro del marco jurídico de estadounidense se le define como territorio no incorporado – ver el artículo IV, sección 3, clausula 2 de la Constitución de Estados Unidos –  y sus habitantes son ciudadanos estadounidenses de juri con plenos derechos y de facto de segunda clase.

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La segunda lección toma lugar en Puerto Rico, donde muchos que por década se declaraban “más americanos que Jorge Washington” han enfrentado, a fuerza de reparticiones surreales de papel toalla, que son ciudadanos de segunda clase y que la gran mayoría de quienes viven en Estados Unidos conocen poco o nada de su realidad.

Sí, escribo con rabia, lo admito. Una rabia que nace de la impotencia ante situaciones evitables, ante charlatanes que se burlan del pueblo, ante unos supuestos líderes que no se atreven a exigir lo que es nuestro derecho como ciudadanos estadounidenses.

Desde una perspectiva política nos puede gustar o no ser ciudadanos estadounidenses, podremos tener diferentes expectativas y hasta mencionar todas las asimetrías de una relación donde Puerto Rico, a pesar de los mitos, no parece haber llevado la mejor parte. Lo que no se debe hacer es por arrogancia dejar de exigir nuestros derechos, no pedimos limosna, exigimos la igualdad y que los líderes locales hagan todo lo posible para que los líderes federales cumplan con sus obligaciones.

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Que comprendan que los impuestos que si paga Puerto Rico, la sangre vertida de sus soldados y los más de cien años de historia común (con grandes trozos censurados por décadas) nos brindan derechos que tienen que cumplirse. Asimismo, que se enjuicie a todo aquel que se ha aprovechado de la ayuda humanitaria para enriquecerse.

¿Cómo es posible que un centro comercial tenga prioridad en recibir electricidad y no los hospitales? ¿Por qué no hay consecuencia para un alcalde que le quita un generador eléctrico al hospital de su municipio para colocarlo en su restaurante? ¿Por qué no se da la importancia que merecen las comunicaciones en momentos de desastre? ¿Por qué todo parece improvisado? ¿Por qué no hubo respuesta inmediata a las ofertas de ayuda internacional? ¿Por qué la diáspora a través de deportistas, actores y cantantes pudo hacer más para ayudar en las primeras semanas que el gobierno local y el federal? ¿Por qué al mundo ya no le importa lo que suceda en Puerto Rico? ¿Quiénes serán los chivos expiatorios que usarán nuestros gobernantes para eximirse de responsabilidad? ¿Por qué a los periodistas puertorriqueños no se les trata igual que aquellos de medios de EEUU?

Puerto Rico PREPA

Una de las noticias más sorprendentes de los últimos días trata sobre el contrato que firmó la empresa pública de electricidad de Puerto Rico, empresa quebrada y enormemente endeudada, con una entidad estadounidense con vínculos a la Casa Blanca por US$ 300 millones. Lo inverosímil de la noticia es que la empresa contratada sólo posee a dos empleados de tiempo completo y que el contrato contiene una cláusula que prohíbe la auditoria del trabajo final. Como si la colonia le pudiese imponer condiciones a su dueño.

Vivimos un momento donde no debería haber colores ni partidos. Demasiadas familias aún no cuentan con agua potable, electricidad o vías de acceso libres. Nos enfrentamos a la amenaza de una emigración masiva que empeore la situación de Puerto Rico. El futuro se ve muy negro, pero es precisamente en la mayor oscuridad que una pequeña luz brilla más fuerte.

El huracán María ha llenado de desespero a muchos de nosotros. La impotencia y el dolor causado son indescriptibles, pero mirando más allá, cruzando fronteras e ideologías tal vez haya sido lo necesario para unir a una diáspora históricamente fragmentada. Una unión que políticamente puede incrementar su fuerza política y ser el catalítico necesario para comenzar a enderezar el rumbo de esa isla descrita en la bitácora de Colón como el perdido paraíso del Edén.

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Por mi parte, sí son demasiadas décadas lejos, demasiados países que me han albergado, pero siempre mi mirada culmina en el mismo lugar…

Marcado
por el silencio de los años
bajo la lluvia
entre adoquines, antepechos y fantasmas
cicatrizando deambulo
tratando de escapar
de los mártires olvidados
como si estuviese loco de contento
ante el calor del carimbo
y de la lejana ergástula
carcomiendo los recuerdos
de la primera ilusión
tatuada a puñaladas
en el corazón
perdido frente al mar
enredando en su oleaje el aroma de mujer
lasciva como plaza colonial en medio de un baile
atrapándome con su miedo y alcohol
confesándose entre espectros
legendaria
paciente
dormida
saqueada
invadida
elegantemente vestida de tumbas
y recuerdos erosionados
tras los años de terrible ausencia

Cada uno de nosotros lleva una ciudad en el alma
y la mía, marcando su nombre con sangre,
se rebela: San Juan

José Felipe Otero – Boston, Feb. 1999

Referencias

Todas las fotos de Pixabay.