El pasado mes de enero me encontré participando de varios eventos de telecomunicaciones celebrados en el Caribe. Como siempre sucede en los foros de una región que comprende de más de 30 mercados, en su mayoría muy pequeños, se notaba una desconexión entre varios de los oradores que trataban de vender sus productos y la audiencia.

Las generalidades —como caracterizar la región como una que aún está en vías de desarrollo, que su topografía tiene como principal desafío las playas y que el mercado potencial se limita a los individuos que residen en cada jurisdicción— lo único que logran es generar desconfianza. Al final de cuentas estamos hablando de la región más diversa y asimétrica de las Américas, donde las playas se confunden con la selva y los Cascos Azules que deambulan por las calles de Port-au-Prince encuentran una realidad distinta a la que se observa en Hamilton, Fort-de-France, Oranjestad o San Juan.

Ni siquiera la proximidad entre mercados parece servir como indicador que permita inferir las conexiones internacionales por medio de fibra submarina a las que tienen accesos los distintos operadores. El resultado es una fuerte asimetría en el aterrizaje de estos cables, con Puerto Rico y Curaçao liderando la región a expensas de vecinos muy próximos como las Islas Vírgenes Estadounidenses y Aruba, respectivamente.

La situación se torna más compleja cuando comenzamos a abordar los mercados de mayor tamaño. Aquí, con el elemento de población rural en zonas montañosas o selváticas, con un importante porcentaje de su población viviendo en zonas no urbanas, las soluciones para ese mercado reducido a ser destino turístico no sirven. Hay que mirar más allá para comenzar a entender la complejidad de un mundo donde la cultura, el idioma, la política y el orgullo nacional no deben ser subestimados.

Pero esta situación está lejos de limitarse al Caribe. También los mercados de mayor tamaño de América Latina como, por ejemplo, Argentina, Brasil, México o Perú, tienen innumerables realidades locales que tienen que ser atendidas para que las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) cumplan con el ansiado objetivo de ser un importante catalizador de desarrollo.

Sin embargo, esta tarea dista de ser sencilla, pues no se cumple con esta meta con simple cobertura. Se tiene que desarrollar un plan mucho más complejo y tecnológicamente agnóstico que incluya solventar las necesidades más inmediatas de la población antes de esperar generar un apoteósico interés por las TIC. Si tenemos niños muriendo de deshidratación, desnutridos y caminando varios kilómetros diariamente para poder asistir a la escuela es altamente probable que en la mente de sus familiares un vaso de agua o un pedazo de pan superen en importancia a un puñado de paquetes transmitiendo información.

Por otro lado, cualquier avance que se haga en cobertura debería estar acompañado de avances en las vías de comunicación terrestre, oferta de servicios básicos como electricidad y capacitaciones que logren mostrar a los habitantes cuál es el valor que la información les brinda; poder responder cómo los ayuda en su diario vivir.

Así como en el Caribe frecuentemente llegan vendedores que, desde un escritorio, reducen a toda una región a ser playas y hoteles, en las oficinas de gobierno de América Latina hay quienes detrás de un escritorio pueden cometer el error no intencionado de ordenar la oferta de Internet en todo el país mientras que en la frontera de Costa Rica con Panamá el mayor interés de una población indígena sea que se construya un puente sobre un río, y de esta forma, ahorrarse las ocho horas que les tomaba llegar a un lugar donde sí había paso para llegar a la población más cercana.

Hablar a nivel regional o nacional nos permite tener un marco de lo que se desea lograr, poder llenar los espacios dentro de ese cuadro es la parte complicada.

Referencias

Esta columna fue publicada en El Economista.

La imagen es de Pixabay.