Resulta casi imposible asistir a un foro de telecomunicaciones sin escuchar varias veces la importancia que tiene la banda ancha en impulsar el desarrollo económico. Dependiendo de la fuente, el impacto se mide por un crecimiento que va desde  0,7% hasta más de 3% en el producto interno bruto del país por cada incremento de 10% en de la penetración de este servicio.

Lo que nunca deja de sorprenderme es cómo la audiencia siempre toma estas cifras como verdad absoluta sin cuestionarse cuáles son los factores que deben estar presentes en el mercado para que el crecimiento de la banda ancha impacte positivamente la economía. No es lo mismo un incremento en diez puntos porcentuales en el acceso a Internet en un país donde el ingreso promedio no supera los US$ 5.000 que en uno donde el ingreso per cápita ronde por los US$ 50.000 y tenga como motor de la economía a la industria de servicios.  Es sumamente importante contextualizar los datos para poder obtener una visión más cercana a la realidad.

Si es difícil poder determinar cuál es el impacto real que ofrece la banda ancha a un mercado especifico, la labor se complica por las numerosas incongruencias que se encuentran al momento de determinar qué velocidad de acceso debe considerarse como banda ancha. Por ejemplo, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) al explicar los criterios utilizados en su metodología de medición de banda ancha que data del 2010 utiliza 256 Kbps de descarga como la velocidad mínima para definir banda ancha.

Por su parte, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) utiliza tres criterios para definir banda ancha:

  • Banda ancha básica: “una velocidad mínima de bajada de 256 kilobits por segundo (Kbps) y 128 Kbps de subida en las dos modalidades existentes;”
  • Banda ancha avanzada: “una velocidad mínima de bajada de 2 megabits por segundo (Mbps) y 512 Kbps de subida;”
  • Banda ancha total: “velocidad mínima de bajada de 10 megabits (Mbps) –y de subida de 768 Kbps.”

Las dos modalidades de acceso mencionadas por la CEPAL son “la banda ancha alámbrica real (que implica la velocidad efectiva a la que tiene acceso el usuario) y la banda ancha inalámbrica de pico de radio-base (velocidad máxima que puede ofrecer la radio-base, dispositivo que capta y envía las ondas electromagnéticas).”

Contrastando con las definiciones que ofrecen estas entidades, diversos países han establecido velocidades específicas para definir los requisitos mínimos que debe cumplir una conexión a banda ancha. Por ejemplo, la Comisión Federal de Comunicaciones de los Estados Unidos definió como banda ancha a velocidades de descarga mínimas de 25 Mbps y de subida de 3 Mbps. Colombia por su parte considera aquellas conexiones con velocidades de descarga de 1 Mbps y de subida de 512 Kbps como líneas de banda ancha. Aunque cabe mencionar que en este país sudamericano algunas organizaciones piden que la definición de banda ancha sea revisada por una segunda ocasión para colocarla en velocidad mínima de descarga 20 Mbps.

¿Significa esto que el impacto económico de la banda ancha será igual indistintamente de la velocidad ofrecida? Obviamente no.

El impacto debe ser medido en como modifique la calidad de vida de sus usuarios e incremente las oportunidades de desarrollo tanto personal como laboral gracias al acceso. Siempre teniendo en cuenta que la necesidad por mayores velocidades no se frenará nunca.

Por otra parte, hay que estar consciente que los costos de ofrecer banda ancha son distintos en distintas geografías. Variables como enlaces internacionales, tipo de conexión a la red dorsal de fibra óptica del país y tecnología de acceso a banda ancha son cruciales al momento de definir los costos operativos de un operador.

Por ejemplo, un cablero regional sin acceso a la red dorsal podría ofrecer banda ancha si contrata capacidad a un operador satelital. No obstante, esto haría prohibitivo para la población poder contratar una conexión de 256 Kbps. La situación no cambia mucho si nos referimos a tecnologías como HSPA+ y LTE que sobresalen en su oferta de alta velocidad móvil. Las radio-bases de estas tecnologías precisan una conexión robusta a la red dorsal (el famoso backhaul) para poder ofrecer las velocidades que promete. Para expandir los servicios de 4G será necesario desplegar mucha fibra óptica e incrementar el ancho de banda asignado para la oferta de servicios móviles.

Es por todo lo anterior que sugiero que la próxima vez que vean a alguien citando el famoso impacto en el desarrollo económico de la banda ancha vayan más allá y pregunten de qué banda ancha hablan, bajo qué condiciones de despliegue y que se necesita para fomentar su oferta a precios competitivos.

Al final de cuenta, no todas las bandas anchas son iguales.

Referencias

La imágen es de Unplash.

Una versión corta de esta columna fue publicada en el diario El Economista el 18 de febrero de 2015.