Existe una increíble necesidad de asignar un valor numérico a todo lo que tenemos alrededor. Hay que medir, contabilizar y establecer parámetros – en ocasiones aleatorios – para poder establecer comparaciones. Es importante saber quién merece las palmaditas en la espalda y quién tiene que ser humillado públicamente por su falta de superación. Para lograr este efecto, se crean clasificaciones o índices que nos permiten saber desde las mejores universidades del mundo hasta los países con mejor desarrollo de Internet.

Obviamente hay comparaciones que son muy valiosas y permiten una mejor toma de decisiones. Otras como las que otorgan más importancia al conocimiento de unos ladrillos que a los profesores que enseñan a sus alumnos son un poco más difíciles de digerir.

Personalmente considero que las más peligrosas son aquellas que se crean como comparaciones forzosas en las que los elementos que están siendo contrastados no son idénticos. Me refiero a índices donde cada variable bajo una misma categoría parece ser estimada con un parámetro distinto. La pregunta ante esta realidad no es cuánto beneficio brinda tal comparación, sino cuánto daño puede causar.

Una comparativa mal hecha nos brinda una visión distorsionada de la realidad. Ser líder permite ignorar falencias y evitar que se preste atención a pequeños problemas hasta que el tiempo agrave su impacto en la sociedad. El verdadero problema es que muchas veces esto ocurre sin que sea adrede, la lógica dicta que si todo está marchando bien es que no hay obstáculos por solventar.

Un aspecto fundamental al momento de medir el crecimiento de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) y que desafortunadamente se hace poco en América Latina es la contextualización de la información referente al crecimiento de estas tecnologías. Es imperativo cuantificar el crecimiento de las TIC contextualizando que tipo de líneas son las que experimentan crecimiento para poder definir si a través de estas conexiones realmente se pueden acceder los servicios de gobierno electrónico que pueden ofrecer las autoridades locales.

Es positivo que haya mayor uso de tecnologías móviles y de Internet, pero si una persona carece de servicios de banda ancha a velocidades apropiadas las oportunidades que tiene para beneficiarse de plataformas de educación en línea o de poder expandir sus fronteras laborales por medio de tele-trabajo se reducen.

Asimismo, si la única conexión a banda ancha de una persona es por medio de las redes celulares lo que ese individuo puede hacer con su conexión dista mucho de lo que puede hacer una persona que accede a las redes desde un computador o portátil. Aún falta tiempo para mejorar la calidad de muchas aplicaciones móviles, por ejemplo de muchas plataformas MOOC, para que la experiencia que brinden sea similar a la que brindan al ser visitadas por medio de conexiones fijas.

Así como contabilizar líneas debe hacerse con más cuidado, esta misma precaución debe tenerse al momento de ver estadísticas nacionales que muestran una realidad agregada que no toma en consideración elementos como geografía, enlaces internacionales, tecnología seleccionada, tamaño del país, densidad poblacional, regulación existente, poder adquisitivo o infraestructura desplegada. Estas estadísticas son una guía del panorama nacional por lo que no muestran las diferencias de adopción entre las distintas regiones de un mismo país.

Por ejemplo, en el Caribe numerosos territorios no independientes tienen como marco regulatorio para telecomunicaciones las leyes del país del que son posesión. En este sentido, decisiones sobre adjudicación de espectro radioeléctrico, definiciones de banda ancha o fondos para el desarrollo del entorno de TIC local es parte de una estrategia enfocada a mercados desarrollados de Europa o Estados Unidos. Bajo este esquema, para determinar el desarrollo real de estos territorios se debería compararlos al que tienen las distintas unidades políticas del país del que son propiedad, no el del resto de América Latina y el Caribe.

El desarrollo de las TIC precisa datos locales que permitan identificar de forma rápida las áreas que necesitan de mayor atención. La disponibilidad de estos datos facilitaría determinar la estructura de costos de desplegar infraestructura de banda ancha en zonas apartadas y la plataforma tecnológica más barata según las necesidades locales.

No es lo mismo lanzar nuevos servicios en zonas urbanas densamente pobladas donde se puede reutilizar la infraestructura que ya está presente a hacerlo en una localidad que nunca ha tenido servicio de telecomunicaciones, ni siquiera de telefonía. Tampoco cuesta lo mismo ofrecer servicio a hogares por medio de LTE que con DOCSIS 3.0 o FTTH; aunque para el usuario final el mismo servicio sea el mismo.

Recordemos que la infraestructura es el primer paso. Para masificar gobierno electrónico, tele-trabajo, tele-educación y la tele-salud hay que educar sobre sus ventajas y crear los contenidos necesarios para impulsarlas. Es por esta razón que números fiables y contextualizados son sumamente necesarios.

Referencias

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