Entrevista a Olga Otero de Editorial El Antillano de Puerto Rico, primera parte.

Hace ya varias décadas me topé, no por casualidad, con una novela fascinante de un escritor al que poco conocía en ese entonces. El libro venía altamente recomendado por amigos del pasado, de esos que duran toda la vida. También hubo un poco de ese esnobismo que plaga a los universitarios cuando comienzan a comprender que los problemas que acaparan a los medios de comunicación parecen más imaginarios que reales.

Llegué a Milán Kundera luego de enterarme de la gran importancia que le otorgaban varios autores que respeto. ¿Cuántos escritores tuvieron el lujo de recibir en su casa en una misma visita a Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar? El libro que inició mi viaje por la obra de este escritor checo fue “El libro de la risa y el olvido”.

Admito que tanto entonces como ahora este título me suena a ranchera de José Alfredo Jiménez.

Han pasado más de 25 años desde aquella primera lectura… Aun no puedo olvidar como Kundera me grabó en la memoria una de las lecciones básicas de cómo un gobierno puede manipular las masas por medio del control del mensaje que estos reciben.

Luego de tantos años finalmente puedo entender por qué el subtexto político de esta novela me dolió tanto: como forzar el olvido para recibir sonrisas. Kundera, al mejor estilo Kissinger, a través de sus personajes da la receta de como borrar una cultura:

Para liquidar las naciones… lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido. Y el mundo circundante lo olvida mucho antes.

A veces pienso que mi reacción a este libro se da porque soy de una tierra donde el pasado por décadas fue tabú y donde lo foráneo es más importante que lo local. De un lugar donde la principal misión del demagogo de turno sea cuestionar lo que significa nación, minimizar la cultura y matar por segunda vez a los héroes de un pasado no tan mítico. No es sencillo ser de un lugar donde la historia se omite por décadas, poseer una bandera ha sido crimen y una canción para niños se convierte en himno nacional

La risa que surge del olvido me fuerza a recordar esas páginas de historia que hablan del “Baile, botella y baraja” como política oficial para evitar las rebeliones e incrementar la lealtad a las autoridades. Mismo circo que en Roma, pero más moderno.

Afortunadamente el mundo ya no es el mismo y la difusión de información hace más difícil cualquier tipo de intento de censura. En la actualidad contamos con numerosas iniciativas tanto públicas como privada que intentan – a veces de forma heroica – rescatar esos momentos de la historia nacional que nos definen como pueblo.

Uno de estos casos lo presenta la Editorial El Antillano de Puerto Rico. Un negocio familiar de personas comprometidas con la educación y el desarrollo de esta nación caribeña. Su foco es la difusión de la historia por medio de diversas plataformas para hacerla amena y atractiva a distintas audiencias. De forma muy personal, admiro su trabajo, pues rescatan momentos importantes de la historia nacional de esos hechos que finalmente contribuyeron a quienes somos hoy en día.

En los pasados días tuve el honor de entrevistar a Olga Otero, una de las personas que contribuye a dar vida a los distintos proyectos pedagógicos que brinda la Editorial El Antillano y que tan necesarios son para la educación de los niños de esta isla caribeña.

Olga Otero de Editorial El Antillano

Si piensan que una conversación entre Oteros no puede ser efímera están en lo correcto. En varias entregas compartiré la visión de la Editorial El Antillano sobre temas tan diversos como la realidad de la educación en Puerto Rico, la utilización de plataformas digitales como herramientas pedagógicas y por supuestos todo lo relacionado a las obras de la editorial. Sólo espero que sea una travesía tan enriquecedora para ustedes como lo ha sido para mí.

¿Por qué consideran importante educar sobre eventos de la historia de Puerto Rico?

Conocer la historia propia y la de los países con los que compartimos el planeta, es parte de nuestra responsabilidad como integrantes de la humanidad. Existen estudios que demuestran la importancia de estudiar historia. Uno en específico, de Stearns (1998) demuestra que estudiar historia ayuda a entender la gente y las sociedades; ayuda a entender el cambio y cómo las sociedades de las que cada uno formamos parte llegaron a ser lo que son al presente, por sí mismas, y en relación a otras sociedades. Esta conciencia nos brinda el sentido de identidad necesario para relacionarnos con otros, de una manera inteligentemente libre y balanceada.

Estudiar historia estimula el desarrollo de las llamadas destrezas del siglo 21, por ejemplo: aquéllas que se hacen esenciales para aportar al bien común en un mundo globalizado.

Se estudia la historia propia, la de Puerto Rico en nuestro caso, para adquirir un sentido de pertenencia, de comunidad, siempre de máxima importancia, pero más aún en nuestro presente, cuando las circunstancias causan el éxodo masivo de puertorriqueños y puertorriqueñas. Fuera de su país, ese sentido de pertenencia llega a ser un factor muy poderoso de supervivencia social para muchos, y la única conexión con la identidad vital de una personalidad integrada

[Nota de JFO: Uno de los debates que ha surgido entre políticos puertorriqueños de distintas ideologías se centra en si Puerto Rico es nación o si su historia es relevante. En 1991 en un referéndum se incluye entre las consultas la siguiente afirmación: “el derecho a que toda consulta sobre status garantice, bajo cualquier alternativa, nuestra cultura, idioma e identidad propia, que incluye nuestra representación deportiva internacional”. El no obtuvo el 53% de los votos.]

¿Ven su trabajo como complemento a lo publicado en los libros de historia de la isla? ¿Por qué?

La manera directa que tenemos de abordar este tema es cuestionarnos el rol de la ficción histórica en la historiografía. La crítica académica, en defensa de lo que se considera como el carácter científico y objetivo de la historia, va dirigida al efecto vulgarizador de la ficción histórica.

Aceptamos el señalamiento, en parte. Porque, antes que nada hay que admitir que ése es precisamente nuestro objetivo: vulgarizar la historiografía. Sacarla del recinto académico y transformarla en el modo de pensar, en el modo de ver e interpretar el mundo, y tal vez de transformarlo, por parte de un público no académico, y que incluso pueda evadir, instintivamente, la actividad de las élites intelectuales del país.

Cuando ese público comienza a pensar su entorno en términos de su historia —a entender que nada es permanente, que todo tiene su pasado, presente y futuro— que el orden que le da forma a las sociedades siempre es un orden impuesto por quienes se benefician de él, ya ese público está pensando y debatiendo seriamente cuáles son las rutas del cambio.

De manera que cuestionamos la supuesta pureza de la llamada objetividad científica de la historiografía. Todos tenemos puntos de vista que se acomodan a nuestros intereses e inclinaciones. Pero más que nada cuestionamos que una disciplina transformadora tan poderosa —que puede fundamentarse en un quehacer científico— se mantenga recluida en el ámbito académico. Nuestro objetivo es vulgarizarla.

Y para lograr ese objetivo hay que emplear las formas de captar la realidad que ya ese público ha adoptado espontáneamente. Cuando nos dirigimos a la juventud, por ejemplo, la novela gráfica, con su repertorio de héroes y anti héroes, sus intrigas y traiciones, sus virtudes y sus vicios, resulta ser un medio idóneo.

En el proceso, hemos descubierto que nuestros productos, aparte del currículo de estudios sociales, tienen aplicaciones para otras disciplinas docentes como español, ciencias, matemática, inglés y bellas artes. En el caso de la línea de Tai, se complementa el tema taíno [Nota de JFO: Los tainos eran los indígenas presentes en Puerto Rico al momento de la llegada de los conquistadores europeos.], cubriendo la cultura con todas sus vertientes que pueden surgir cuando miramos a ese pasado nuestro: la economía, el orden social, la autoridad, la paz y la guerra, las costumbres, y la espiritualidad que se fragua en ese desarrollo, al parecer armónico, pero realmente muy complejo y sumamente contradictorio.

La diferencia es que en vez de estar enseñando a partir de un texto cuyo contenido ya está pre-digerido, se trae al niño al mundo de las aventuras que va viviendo Tai, y se le estimula a participar creativamente de ese mundo que sigue influyendo nuestro presente. Como Tai es un niño de la edad de los estudiantes, se persigue que se identifique con las situaciones que se exponen en las distintas aventuras. Tai brinda una manera entretenida para el niño de aprender de historia, según desarrolla sus destrezas de lectura, su creatividad, su manejo de técnicas matemáticas, y su conocimiento científico de su entorno natural y social.

En cada aventura se cubren varios temas sobre nuestro pasado taíno. En los materiales colaterales que hemos producido y estamos produciendo —láminas, libros de pintar [Nota de JFO: cuadernos para colorear], iBooks, cortometrajes animados, conferencias, cuadernos de ejercicios y guías curriculares, así como en nuestra página web— hay recursos adicionales que el educador puede utilizar para ampliar el tema que se estudia.

La serie 1898 es un trabajo muy ambicioso, que apenas hemos podido mover más allá de su primera parte. Tal vez ésta sea la oportunidad para explicar más claramente el proyecto en su totalidad.

La Editorial El Antillano es un proyecto subsidiado. No sólo no produce beneficios económicos, sino que consume el 10% de las ganancias de los negocios más rentables que manejamos. Hace algunos años esos negocios tropezaron con la crisis general mundial de 2008, de la cual, específicamente, la economía de Puerto Rico no ha podido recuperarse.

Los proyectos de El Antillano, en el mejor de los casos, se producen con mucha mayor lentitud. En el peor de los casos están completamente detenidos.

La publicación de 1898 corresponde al primero de una trilogía de trabajos de un proyecto más abarcador que lleva por nombre Cuadernos Pasado, Presente y Futuro1898, una novela gráfica del genero del espionaje, naturalmente, corresponde al Pasado, y debe ser continuado por una segunda publicación, todavía dentro del renglón del Pasado, y también del género del espionaje, titulada 1917.

La serie de 1898 está dividida en tres volúmenes de tres números cada uno; es decir, nueve episodios que concluyen con el entierro de Luis Muñoz Rivera. La serie de 1917 concluye con la victoria electoral del Partido Popular en 1948.

La rúbrica del Presente corresponde a una novela gráfica, del género detectivesco, con el título de Rabia, que tuvimos que detener después de publicar el primer episodio.

El Futuro correspondía a otro género, el de ciencia ficción, y que lleva por título PR2098. Explora una sociedad en Puerto Rico después de un acontecimiento ecológico catastrófico. Se escribió el guion, se desarrollaron los personajes, y se diseñaron los escenarios, pero no llegamos a publicar el primer episodio.

Esperamos contar con la capacidad de nuestras operaciones rentables de sostener una modesta aportación que nos permita completar, comenzando este año, los tres episodios pendientes de 1898. Queremos continuar con todos los proyectos, pero en este momento no podemos garantizar los recursos necesarios para acelerarlos.

[Nota de JFO: Para más información sobre la Editorial El Antillano visite: Editorial El Antillano]

Referencias

Kundera, M. (1982). El libro de la risa y el olvido (1a ed., pp. 227-228) (F. De Valenzuela, Trans.). Barcelona: Seix Barral.

Stearns, P. (1998). Why study history? Recuperado el 5 de junio de 2012 de http://www.historians.org/pubs/free/WhyStudyHistory.htm

Con excepción de la portada de la novela de Kundera que es propiedad de Seix Barral, todas las imágenes y videos utilizados en esta entrevista son propiedad de la Editorial El Antillano.