Hay ocasiones que me avergüenzo de la raza humana. De estos seres que se piensan superiores al resto de la creación y que ven con desdén cual pretensión de igualdad por parte de aquellos que nos son desconocidos. Sí, soy parte de una especie que algún día se autodestruirá quizás haciéndole un gran favor al resto de los seres vivos. La singularidad al menos sería objetiva y no pasional.

La parte que más lamento de los autodenominados homo sapiens, simples simios desnudos diría Desmond Morris, es su duplicidad ante la adversidad. La creación de fronteras ficticias donde aquellos que son cercanos merecen privilegios que a su vez le son vedados a quienes sufren de necesidades, son víctimas de violencia e ignorados por las autoridades. El desconocido es una sombra, un ente sin valor ni alma que no puede, ni debe pretender alcanzar la ilusión de vivir en paz. Ser pobre te deshumaniza.

Así, mientras en los pasados 24 meses la rabia que viene del norte, la injusticia tatuada en la mirada vencida de un niño que ha sido separado de sus padres, la indignación de saber a los compatriotas ser tratados peor que un perro era quien protagonizaba nuestra ira. Ver infantes dormir en el suelo de un campamento en medio de un desierto que llega a alcanzar hasta 50 grados Celsius nos revolcaba el alma y entumecía el corazón.

Pero la rabia no disimula y los reclamos de justicia por maltrato eran la orden del día. Basta al discrimen e insultos en contra de la comunidad hispanoamericana por parte de quienes se piensan superiores por un acto fortuito: nacer en una localidad distinta, en un país distinto, con idioma distinto y en camino a ser relevado de su rol de principal potencia económica global. La realidad es que ante la ignorancia, ante el racismo y el jingoísmo todos somos mexicanos. El simple hecho de hablar español inmediatamente nos impone esa nacionalidad en las calles de los Estados Unidos.

El tiempo pasa y a pesar de estar poniéndonos viejos, los nuevos días suelen traer consigo odios refundados dignos de la prehistoria. Ahora la marcha hacia el norte comienza más abajo del territorio mexicano, ahora los que emigran no enviaran remesas que ayudarán a la economía de las familias más pobres del sureste del país, ahora los que emigran son los más pobres allende lo conocido, tierras donde la siguanaba y la guerra espantan a las personas. Tierras que en el pasado se rehusaron ser parte de un imperio que las quería de nombre y las enlutaba con sus actos.

Según la ONG que defiende los derechos humanos, Human RIghts Watch, las caravanas de refugiados que mayormente proceden de Honduras, Guatemala y El Salvador, son compuestas de individuos que escapan de la violencia de grupos al margen de la ley o del mismo estado. La ONU considera que la marcha de emigrantes de América Central incluirá un total de 2300 niños. ¿Cuántos de ellos ya han presenciado la muerte?

El triángulo norte de América Central, como se les conoce a estos tres países, se caracteriza por altos niveles de violencia. Datos de la Oficina de las Naciones Unidas para la Droga y el Crimen muestran que a nivel global El Salvador posee la tasa de homicidios más alta del mundo con Honduras y Guatemala ubicándose en la 5ta y 6ta posición respectivamente. Si lo que se mide son homicidios contra mujeres, El Salvador mantiene su primer lugar, Guatemala se ubica en 3er lugar y Honduras en 7mo. En otras palabras, los migrantes no se van por capricho, muchas veces se marchan para proteger su integridad física. Colocan su esperanza en un asilo que significará para muchos la diferencia entre la vida y la muerte.

En este sentido, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados ha publicado que el 85% de las mujeres que integran esta caravana de migrantes provienen de localidades controladas por grupos armados fuera de la ley y que el 64% de las mujeres citaron la alta probabilidad de extorción, violación u otras agresiones físicas como las razones que las forzaron a abandonar su país en búsqueda de una mejor vida para ellas y sus familias.

Son estas razones las que hacen que me sorprenda al escuchar los antiguos airados sobre el trato que los migrantes mexicanos reciben por parte de los servicios de inmigración de Estados Unidos, que constantemente violan los mismos derechos humanos que juran proteger a nivel global. Más allá de una falta de empatía, es falta de humanidad y una gran hipocresía. Hipocresía casi siempre fundamentada en dólares, aunque siempre se aconseje a las personas a nunca mostrar el hambre.

Simplemente no pueden exigirle al Norte lo que no están dispuestos a otorgar en el Sur.  Ojala nunca se vean obligados a migrar en búsqueda de seguridad y una mejor vida.

Referencia

La imagen es de Pixabay.