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El traje nuevo del emperador

Vivimos en un mundo dónde no es prudente ser directo. Hay que engalanar la verdad para que quienes escuchan no se sientan ofendidos, aunque estos dediquen su existencia a agredir al resto de la humanidad. Lo que antes se pensaba como posible sólo en fantasías se ha materializado, ahora es pan de cada día el odio. Los líderes que fueron elegidos para representarnos se han ubicado en un podio que nos fuerza a mirar para arriba. El peligro no es que en su imparable demagogia cantinflesca se les trabe la lengua y nos escupan sino que entre las auto-exaltaciones hasta acusaciones a un enemigo inexistente se nos olvide que nadie merece tanta saliva venenosa.

Esta nueva realidad nos requiere obviar cuestiones como la libertad de expresión, si las palabras van en contra del líder de turno. También nos exige apoyar ciegamente cada decisión del gobierno pues no hacerlo es ser traidor, paria o simplemente un engendro de la corrupta mafia que históricamente llevó las riendas del país.

Es un escenario donde contar con estadísticas actualizadas sobre economía, la salud, la educación o cualquier tema relacionado al bienestar del pueblo podría llegar a convertirse en tabú. Es la era de las noticias falsas y los datos alternativos. Donde hay quienes aseguran que las leyes de la oferta y demanda no aplican en su país o donde los cadáveres son ocultos para que las cifras oficiales aspiren ser una tenue caricia de veracidad.

Lo importante es sembrar la semilla que alimente a seguidores acéfalos que no pregunten, que no argumenten, que no discutan, que no deseen entender el porqué de las cosas, en fin, que no piensen. El mismo ambiente que bajo dictaduras llevó a los autócratas a trabajar en contra de la existencia de facultades de humanidades o ciencias sociales. ¿Acaso son fortuitos tantos ataques en contra de la educación?

Evitar los cuestionamientos es el nuevo evangelio. No estar de acuerdo engendra insultos y agresión, los debates constructivos son un recuerdo del pasado. Han sido sustituidos por un discurso protagonizado por miedo, un pavor excluyente donde quien se ve diferente tiene que pagar un precio adicional pagado con dignidad.

Protagonizamos el renacer del más vil populismo que se escuda en el racismo, la xenofobia y la misoginia. Los ejemplos abundan y cada semana parece engendrar una nueva aberración que logra alzarse con el cargo más importante de su país. Aberración que no tarda ni un instante en comenzar a destilar un veneno que no distingue fronteras y le da lo mismo levantar prohibiciones a refugios naturales en Alaska que acusar a las instituciones ecologistas sin fines de lucro de incendiar la selva del Amazonas.

Lo más doloroso es como nos hemos ido acostumbrando a ver niños enjaulados durmiendo en un piso de concreto, muchas veces rodeados de su propio excremento. Vislumbrar como protestas que piden empleo y comida son recibidas con violencia por la policía nacional mientras el presidente gasta miles de dólares en una lujosa cena en Estambul. Nos da lo mismo escuchar un líder llamar a hermanos latinoamericanos drogadictos, violadores o vividores que nunca deberían salir de sus países de mierda. Contemplar la recién pintada suástica sobre una lápida sin que genere horror.

La indignación parece haberse perdido, aparentemente hay resignación. Cansancio de que cada queja sea respondida con cínicas acusaciones de intolerancia y un asqueroso hedor de victimismo supremacista de color blanco.

¿Nos hemos quedado sin libertadores o pensadores? ¿Dónde están los poetas, los chamanes y los soñadores?

Muchos han bajado la cabeza ante quienes vivían protestando y ahora quieren prohibir las protestas que critican su gestión. Hay que mostrar rechazo a quienes deciden reinstituir leyes que incitaron el asesinato de inocentes de campesinos. Es necesario que cada golpe contra un estudiante o un profesor culmine el silencio de sus pares. No hay que callar, es necesario eliminar el apoyo a quienes prefieren atacar a su propia gente que insultar al megalómano líder que tienen frente a sí.

Sí, he descrito algunos de los eventos que se han ido viviendo en las Américas durante los pasados meses. Tenemos el ¿privilegio? de vivir en un contexto histórico donde prima lo absurdo, el vender espejitos o intentar mantener el poder por medio de un distorsionado clientelismo del Siglo XXI.

Al final la historia mostrará algo similar a lo descrito por Hans Christian Andersen, los líderes efímeros se llegan a creer su propia mentira hasta que en su momento de mayor orgullo deciden desfilar para que un niño los señale y exhiba en su eufórica inocencia gritar: ¡caminan desnudos!

Ese será el inicio del fin.

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