El estudio de la historia es para muchos un tema de poco interés. Es ese requisito incomodo de memorizar las fechas para sobrevivir la materia y poder estudiar algo  que realmente sea de interés. ¿Por qué estudiar eventos del pasado?

Para mi es algo totalmente distinto. Es la edificación de quienes somos y cómo hemos llegado hasta nuestros días; enterarme de cuáles fueron los sacrificios, injusticias y logros que directa o indirectamente afectan en la sociedad actual. También es esa receta de mil componentes que con el transcurso del tiempo ha evolucionado para dar como producto la cultura y el sentido nacional. Algo peligroso para los proponentes del imperialismo cultural.

En otras palabras, estudiar historia no se trata de aprender de guerras protagonizadas por quienes ahora son carne putrefacta, huesos y polvo. Es un recordatorio constante de los extremos de la humanidad, esa que en la Batalla de Termópilas enfrentó a un puñado de griegos (entre 5.200 y 7.700 según Heródoto o Diodoro Sículo), entre los que se encontraban 300 espartanos contra al menos 100.000 soldados persas. Una batalla que tanto historiadores como Hollywood ha convertido en un discurso del poder que puede ejercer el patriotismo frente a la adversidad.

300 Movie Poster

La historia también nos brinda una ventana hacia sucesos menos decorosos como la persecución que por siglos han recibido los judíos desde los imperios de la antigüedad y los reinos de la edad media hasta el mundo contemporáneo. Es un grave error pensar que fue la Alemania Nazi quién inventó los campos de concentración o por primera vez forzó a los judíos identificarse con una estrella de David en su vestimenta.

La historia reciente muestra que los esfuerzos post-Holocausto de potenciar la memoria histórica para que jamás se repitiese un genocidio no ha tenido éxito. Prácticamente cada década ocurre impunemente un nuevo genocidio. Armenia, Bangladesh, Bosnia, Camboya, Guatemala  o Sudán del Sur son algunos de los recordatorios del potencial de intolerancia y maldad de nuestra humanidad.

El conocimiento, ese elemento tan reverenciado en el pasado, ha perdido el misticismo de los chamanes y el prestigio que le daban las órdenes religiosas. Recordar para mantener vivo sucesos, ideas y personajes del pasado ya no es necesario. Ya las referencias a su importancia se han convertido en clichés. “No hay tinieblas sino en la ignorancia”, como decía William Shakespeare, o “ser cultos para ser libres”, como dijo José Martí, se han convertido en fenómenos atemporales en una era donde la importancia del recuerdo se minimiza constantemente.

Ahora lo que importa es ese deseo por escuchar sólo buenas noticias, desinteresarse del pasado y culpar a los diferentes por nuestros problemas. Prima la memoria selectiva, el mensaje lleno de pasión y sin datos. La mejor telenovela son las cadenas de noticias donde diariamente aparece un nuevo villano que nos odia porque somos la epitome del éxito, nos odia por su esencia maligna, por su envidia, por su falta de humanidad. Es sumamente encontrar un debate serio sobre el contenido de la cobertura noticiosa, ya sea por desinterés o por deseo de alguien de controlar el mensaje emitido a las masas.

Aquí entramos en una situación bastante compleja. Los libros de historia dicen claramente que la democracia en la antigua Grecia surge con el objetivo de que participen todos los ciudadanos, que el pueblo (en ese momento no todos los habitantes) decida el futuro de la ciudad estado. Muchos siglos después la experiencia estadounidense nos mostraba una democracia donde la libre expresión servía de garantía para poder criticar al gobierno sin miedo a repercusiones. Poder como ciudadano identificar que no funciona y expresar argumentos contrarios al poder oficial era un derecho adquirido. Ya no es así, en la actualidad, la propaganda convierte a los críticos en traidores y a los demagogos en patriotas. Criticar a las autoridades se ha convertido prácticamente en un acto de traición. El simplismo de ellos o nosotros es nuestro diario vivir.

No hace falta cuestionar estas aseveraciones, tan pronto el gobernante de turno identifica a su anticristo, se procede a resaltar a los héroes que darán todo por nosotros. Marcharán a un mundo poco lúdico a enfrentarse con un enemigo más humano de lo pensado y más resistente a lo imaginado. Y al regresar serán olvidados y marginados.

Cierto que no estamos en los tiempos de las antiguas dictaduras militares latinoamericanas donde los periódicos mostraban que las buenas intenciones del gobierno eran amenazadas por traidores, insurgentes, terroristas o guerrilleros. Nos encontramos en un mundo donde ser de una religión no mayoritaria en nuestra geografía nos hace engendros diabólicos, donde el racismo gana más voto de un plan de desarrollo económico para crear millones de empleos y se ha llegado a promover la creación de campos de concentración para todo aquel que me incomode.

Todo lo anterior parece anacrónico en un mundo donde cada vez más personas que ganan acceso al mundo digital y pueden obtener información de forma inmediata. Ante esta realidad los peligros a la memoria deberían tener sus días contados. Nada más lejos de la verdad.

Coliseo Romano

La historia me permite recordar todos los momentos del pasado donde estas características fueron preludio a una desgracia. No obstante, es más importante el titular amarillento que el análisis medido de una situación. Prima brindar una sola perspectiva de cualquier situación. El mundo digital que tantos repositorios de buena información nos ofrece también ha resucitado la banalidad del pan y circo de la antigua roma.

El desinterés por la historia me preocupa, facilita la tergiversación y simplifica la labor de quienes promueven el odio. Estoy seguro de que esta animadversión se debe en parte a que provengo de un lugar donde el gobierno por tantos años censuró gran parte de la historia fabricando en ocasiones una realidad paralela que para muchos es verdad. Pero tal vez es más peligroso el afán de escuchar solo buenas noticias. Maquillar la realidad para dar un mensaje agradable promoviendo de esta forma una ceguera colectiva. Ceguera que obvia un pequeño detalle: si no conoces que no funciona, es imposible tomar las medidas correctas para repararlo.

Son todas estas razones y otras que he omitido las que me hacen pensar que estudiar historia debería ser un requisito más importante. En un mundo digitalizado donde el énfasis es cada vez mayor para que se incrementen las carreras técnicas, obviar la historia u otras carreras de humanidades y ciencias sociales puede tener consecuencias inesperadas.

Un mejor conocimiento general de la historia le haría la vida más difícil a los demagogos, a los xenófobos, a los intolerantes, a los corruptos y a todos aquellos que quieren avanzar sembrando odio. Sin embargo, nuestra realidad nos dice que un corrupto puede exigir que las noticias relacionadas a sus actos delictivos sean completamente borradas de los buscadores de Internet y los gobiernos violan sus propias leyes al espiar libremente a sus ciudadanos. Un mundo donde el Premio Nobel de la Paz lo lleva quien encarcela periodistas y el fin justifica los medios.

Nunca Mas

La existencia de un pasado vergonzoso o doloroso no siempre justifica su olvido. Pero soy de los que creció escuchando el preámbulo, escritura y desenlace del “Nunca Más” (bajar libro digital aquí) liderado por Sábato, las palabras sobre el orgullo hacia el origen de Albizu Campos y letras sobre la importancia de recordar de cantantes como Rubén Blades (ver video aquí):

Prohibido esperar respuestas. Prohibida la voluntad.

Prohibidas las discusiones. Prohibida la realidad.

Prohibida la libre prensa y prohibido el opinar.

Prohibieron la inteligencia con un decreto especial.

Si tú no usas la cabeza, otro por tí la va a usar.

¡Prohibido olvidar!

Pobre del país donde lo malo controla,

donde el civil se enamora de la corrupción.

Pobre del país alienado por la droga,

porque una mente que afloja, pierde la razón.

Pobre del país que, con la violencia crea

que puede matar la idea de su liberación.

Pobre del país que ve la justicia hecha añicos

por la voluntad del rico o por orden militar.

Cada nación depende del corazón de su gente.

Y a un país que no se vende, nadie lo podrá comprar!

¡No te olvides!

Créditos

El afiche de la pelicula “300” utilizado es propiedad de Warner Bros. Pictures.

La imagen del libro “Nunca Más” es de la 8va edición publicada en 2006 por Eudeba.

El resto de las imágenes son de Pixabay.