Hay quienes llegan a pensar que la literatura, como los seres humanos, muestra su mayor creatividad en situaciones de desesperante dolor. Un dolor que transgrede los límites de la carne para entrar en los aspectos psicológicos de la servidumbre, poder y humillación. Insólita e insolente en un mundo de controles claramente preestablecidos, donde durante el siglo pasado comenzamos a ver escritos no tan ficticios sobre un líder salvador.

Obras de una época sin redes sociales ni Internet, que nos ilustraban las principales características de un ego insuperable al que le da lo mismo vender el mar que torturar a sus más fieles seguidores sin importarle que tengan la cara de ángel. Distintas tonalidades de un mismo discurso de datos alternativos, donde la dificultad era determinar cuál de las verdades disponibles era la correcta.

En esta era pre-Photoshop, la desaparición de un protagonista en la imagen de una foto fungía como mensaje de texto masivo que congelaba la sangre de más de un individuo. Lo importante era poder escuchar las palabras del supremo, su verdad transmitida por medio de discursos. Fiscalizar el uso de comas, economizar los puntos y reiterar los mismos verbos.

Ahora lo importante es contabilizar seguidores, escupir halagos y mantener al enjambre de seguidores adictos al mismo discurso inoperante del primer día. El control pasa de rastrear minuciosamente cada letra a poder editar la realidad para recrearla a conveniencia. Es asegurarse que la podredumbre del cadáver no termine como parte de la fortaleza que construyó durante su vida para pretender desde la cima ser amado, comprendido y respetado.

No hay que vivir en la desesperanza, en otros tiempos masacrar mariposas sólo logró convertirlas en símbolos de libertad. Hoy en día la situación no ha variado. Ante embestidas denigrantes, la resistencia nuevamente tiene voz de mujer. Una voz que se hace ensordecedora por medio de escritos que se multiplican por medios digitales. Una exigencia que se hace vigente en cada paso que toman para reclamar sus derechos, que al final de cuentas, son los derechos de todos nosotros. Una mirada enfocada en vigilar que los episodios sangrientos del pasado no merodeen por el presente.

Es una labor loable y necesaria. Aunque las criticas siempre se harán presentes, ahora la telaraña digital alimenta el clamor de las fuerzas de la fobia por un romance con la censura. Algunos hasta equiparan los controles al intercambio de información, sin limitarse en sus candados a la privacidad, a un coito digital donde el placer del poder resulta en la desconexión de las masas.

Poco a poco vamos entendiendo que las brechas digitales van más allá de las tuberías que transportan paquetes. Son barrancos que impiden la obtención de la misma información por todos los ciudadanos. Enormes fosas que se expanden ante las manipulaciones que se hacen de la verdad y que crecen exponencialmente en falsedades repartidas entre unos y ceros.

¿Cómo evitar la aparente llegada de los autómatas de la información? De la misma forma en que históricamente se ha evitado vivir de leyendas: fomentando el pensamiento crítico. Es incrementar el acceso a libros educativos, estimulando su lectura e implementación. El mejor antídoto para la demagogia en cualquiera de sus estados es la información. Receta que aplica también a cualquiera de las variantes de estos componentes, ergo la cura de la xenofobia es la educación. Palabras sencillas de afirmar pero difíciles de cumplir.

Afortunadamente, las últimas semanas han sido como un despertar de miles de mariposas. De esas que con su aliento llevaron al tirano a intentar hacerlas desaparecer en una hermosa isla del Caribe. He ahí la falacia del populismo tanto análogo como digital, pensarse superior a la memoria.

Referencia

La imagen es de Pinterest.