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Economía colaborativa o esclavitud digital

Vivimos en una era llena de cambios drásticos. Donde las transformaciones parecen haberse saltado procesos evolutivos para romper con lo tradicional e imponer una nueva cultura de consumo sustentada en plataformas digitales. Lo importante es la novedad, romper modelos de negocios establecidos y ser disruptivos. Abrazar totalmente a la nueva economía colaborativa que será quien indique el camino a seguir durante el Siglo XXI.

Ser innovador se superpone a cualquier estudio de impacto, se convierte en eufemismo de cortoplacismo e ignora el rol que hasta este momento cumplen los estados con su llamada política fiscal. Es rememorar los tiempos en que un par de espejitos servían para comprar un imperio, ahora el beneficio efímero hipoteca aquello que debería beneficiarnos a largo plazo.

Lo importante al promocionar la modernidad es como suena, olvidarse del fondo para centrarse en la forma. Aprender de los mejores publicistas, de los demagogos y de los populistas. Brindar una media mentira que tape los ojos a lo que no desea ser visto. ¿Por qué ocuparse de quienes protestan? ¿Por qué escuchar a quienes viven en el pasado? ¿Por qué no aceptar como última verdad las canciones de Barlow o al menos su declaración de independencia del ciberespacio?

Es sumamente importante hacer creer que una transacción al ser originada por un programa de software no responde a las mismas leyes del mundo presencial. No importa que la única porción binaria sea la contratación del servicio. Hay que justificar que empresas del mundo digital con cientos de millones de dólares en ganancias puedan recibir dinero de reembolso de sus tributaciones impositivas mientras padres y madres solteras tienen que solicitar planes de pago para poder cubrir los onerosos impuestos que les impone el gobierno.

Supuestamente carecer de infraestructura física los libra de tributar, al ser un mundo paralelo se maximizan las ganancias sin tener que compartir ingresos con el estado. Mientras los consumidores de ese mundo etéreo continúan transitando por calles y avenidas de un mundo tangible, dependiendo de puentes y autopistas, parques y pensiones, de una fuerza policial y de un sistema judicial que históricamente había sido financiado por impuestos que algunas empresas de la nueva economía dicen no son capaces de pagar. Si quiebran los hoteles, no importa, son demasiado caros y tenemos un Airbnb como sustituto. No importa que esto reduzca los ingresos del estado o que encarezca los precios de alquiler de casas y departamentos que ahora son destinados a ser rentados por medio de plataformas digitales.

Hay que aceptar que pagar por un transporte por medio de una aplicación móvil no es contratar un servicio sino simplemente ser usuario del mismo, título que también le toca asumir al conductor. Simple juego de palabras aparentemente inocente pero que guarda tras de sí una finalidad macabra: pagos por debajo del salario mínimo, ningún tipo de beneficio para el chófer y, en caso de algún accidente, ningún tipo de seguro para el conductor. Lo importante como nos ha enseñado Uber es poder cobrar hasta el 80% de lo que se le factura a algún cliente y dejar el 20% de limosna restante al «usuario» de la plataforma que conduce el vehículo. No es problema de nadie si la captación de nuevos choferes se hace bajo falsas promesas y las condiciones reales de trabajo sean demasiado parecidas a la explotación pues todo el riesgo lo toma el conductor.

Lo increíble es escuchar a tantos expertos, especialistas, analistas, consultores, chamanes, gurús y representantes de las ciencias ocultas defender la posición de que un servicio como Uber no puede someterse a las leyes fiscales de ninguna jurisdicción porque corresponde a un mundo totalmente aparte al tradicional. Claramente hay una gran diferencia en contratar un servicio por esa plataforma y hacerlo por portales como Despegar.com en América Latina o Expedia.com en los Estados Unidos. Como cantaba el dominicano Wilfrido Vargas: “por la plata baila el mono”. Y tal parece que más de un servidor público tiene aires de macaco. ¿Cómo no personificar al eslabón perdido cuando hacerlo atrae tantos nuevos fondos y donaciones de campaña?

Lo más triste de lo anterior es que mientras los conductores de estos servicios son maltratados por empresas como Uber (en Estados Unidos Lyft fielmente sigue sus enseñanzas), la gran mayoría de ellos no se da cuenta que apenas son una molestia pasajera para una organización que tiene como objetivo final reducir sus costos. Tantos experimentos con autos que se puedan manejar de forma autónoma es simplemente el proceso evolutivo que dejará a los miles de choferes de distintas aplicaciones colaborativas sin trabajo. Por ahora son útiles, en un futuro bastante cercano no lo serán tanto.

Hay que reiterar que quienes cobran por brindar servicios a través de estas plataformas también son considerados usuarios, aunque tienen que responder con políticas bastante estrictas que imponen estas nuevas empresas digitales. Es simplemente una nueva esclavitud digital donde los beneficios son aún mayores que la antigua esclavitud abolida en el Siglo XVIII porque las ganancias que producen estos esclavos no pagan impuestos.

Tampoco olvidemos quienes nos recuerdan que las transformaciones económicas siempre han tenido víctimas y victimarios. Que debemos aprender las lecciones de la revolución industrial y aceptar cabizbajos, pero sonriendo, esta nueva realidad que ya nos acompaña. Sin embargo, en esta ocasión – como en su momento mencioné al escribir de inteligencia artificial – la transición será dolorosa impactando de mayor forma a los países en vías de desarrollo, quienes podrían ver hasta el 70% de su fuerza laboral convertirse en obsoleta en un breve periodo de tiempo. ¿Cómo reentrenar tantas personas?

Queda a los funcionarios públicos imponer normas a empresas del mundo colaborativo que se siguen escudando en una declaración de independencia tan antigua como obsoleta. El camino no es sencillo pero es factible y excusas que equiparan el pagar impuestos con ser inviable no deben ser consideradas pues de lo contrario lo que hace el estado al no cobrarle es darle un subsidio que sacará del mercado a aquellas empresas que tengan una estructura de costos mayor.

La transformación digital tiene que darse dentro de un marco inclusivo de desarrollo y no bajo uno cimentado en la explotación de los muchos para el beneficio de unos cuantos. Las conversaciones deben expandirse e incluir cada vez que se hable de una nueva tecnología cuales son las medidas que se estarán tomando a cabo para capacitar, educar y reentrenar a la fuerza laboral del país. ¿De qué sirve un país digitalizado si alcanzar la digitalizacion sólo costó un incremento en la disparidad existente de cómo se distribuye la riqueza?

1 Comentario

  1. Efren Díaz

    Una reflexión muy atinada y necesaria José. Son modelos de negocio tiránicos y abusivos que gestan toda una cultura de idolatría en los medios que documentan el mundo empresarial. La preeminencia de las ganancias corporativas por encima del beneficio social es una tendencia inmoral. El vellosino de oro aspiracional para muchos jóvenes inmersos en la tecnología que sueñan con gestar «unicornios» que esupen dinero a borbotones como Uber, Rappi y muchos más que navegan con doble moral.

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