El impacto de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) en la vida de un individuo cada vez es más fuerte. Poco a poco cada uno de los servicios a los que accede va digitalizando alguna porción de la transacción. Ya sea en la entrega del servicio, la solicitud del mismo, su pago o emisión de factura. El andar hacia este mundo binario no tiene mayor explicación que la reducción de gastos y una mayor eficiencia al interactuar con los consumidores.

Como se puede observar hace algún tiempo, las TIC dejaron de ser primordialmente plataformas de comunicación o entretenimiento para transformarse en herramientas que permiten ahorrar, identificar oportunidades de desarrollo o incrementar el tamaño del mercado laboral para distintos especialistas. Bajo este esquema es necesario que, cuando se hable de conectar a los desconectados, no se haga con la misma ligereza con la que en los concursos de belleza las participantes aspiran a “la paz del mundo”.

Desafortunadamente, la frase “conectar a los desconectados” se ha convertido en distintas partes de América Latina en palabras vacías que se sabe de antemano que serán de agrado de quien las escuche. Estos analistas de papel intercalan puntos que son de general aceptación en el público general con una agenda personal que poco tiene que ver con el desarrollo, combatir la pobreza o luchar por la igualdad. ¿Quién puede estar en contra de incrementar el porcentaje de la población que utilice las TIC diariamente?

Conectar a los desconectados no se reduce a llevar una conexión de banda ancha a las personas. Reducir las necesidades de los desconectados a la falta de acceso a Internet es un simplismo peligroso que omite una realidad cada vez más obvia: la desconexión es falta de acceso a contenidos. El Internet es simplemente la herramienta con la que se puede llegar a los distintos contenidos disponibles.

En otras palabras, ofrecer el acceso es la parte sencilla. Lo difícil es brindar el apoyo y capacitación necesarios para que las personas puedan comenzar a experimentar un beneficio del uso de las TIC en las distintas facetas de su vida. Las estrategias a ser implementadas deben romper con el vicio de considerar a los desconectados como una masa homogénea que tiene unas necesidades definidas. Nada más lejos de la realidad. No se trata de armonizar las frecuencias de espectro radioeléctrico para mejorar las economías de escala de una tecnología sino de democratizar el acceso a la información y otros contenidos.

Tampoco se trata de visualizar al Internet como una herramienta donde el individuo tiene un rol pasivo en su relación con los contenidos. Contar con acceso de alta velocidad a banda ancha junto con dispositivos capaces procesar y almacenar grandes cantidades de datos brinda la oportunidad al usuario de compartir sus contenidos ya sea de forma general por medio de redes sociales o con una estrategia de segmentación que le permita identificar su público objetivo. El consumo, creación y distribución de contenidos es cada vez más complejo y requiere altas velocidades para que aplicaciones que requieren una baja latencia puedan ser aprovechadas al máximo.

Los desconectados, aún los de una misma localidad, tienen necesidades e intereses completamente distintos. Un proyecto exitoso para incrementar la adopción de las TIC tiene que enfrentar la capacitación para el acceso a contenidos de manera segmentada. Atender tanto las necesidades de los estudiantes de primaria como la de los docentes que imparten las clases. Asimismo, dependiendo de la localidad, la cultura puede tener un rol de suma importancia que no puede ser ignorado al momento de digitalizar a la comunidad.

El esfuerzo también conlleva quebrar la creencia errónea de que la edad puede ser freno para que un individuo pueda disfrutar o no a cabalidad las oportunidades que brindan las TIC. Hay que humanizar el discurso cotidiano para que cuando se afirme la necesidad de conectar a los desconectados se hable de planes concretos que atiendan todos los requisitos que imponen las necesidades tangibles de infraestructura, dispositivos y mantenimiento con los intangibles que son los contenidos. Al final del día son éstos últimos los que llegan a transformar la vida de las personas.

La buena noticia es que en América Latina cada vez se ve una mayor cantidad de esfuerzos de humanizar la conectividad al integrarle ese elemento humano tan necesario para su éxito. Y aunque haya marionetas de papel que vivan de cacarear el verso de conectar a los desconectados como parte de un discurso que nada tiene que ver con el desarrollo, lo rescatable de estas acciones es saber que el crecimiento de las TIC es tan importante que ya se utilizan como elemento de apoyo para generar simpatías en la ciudadanía.

A esa misma ciudadanía es la que los gobernantes tienen que responder cuando tarde o temprano sean cuestionados por las bajas velocidades a Internet que se obtienen en algunas localidades del país. Al final de cuentas, no contar con acceso a la misma información o aplicaciones a la que acceden otros ciudadanos podrá considerarse discriminatorio si la información en cuestión tiene un impacto directo en su diario vivir.

Referencias

La imagen es de Pixabay.

Una versión de esta columna fue publicada en el diario El Economista el 6 de abril de 2016.