La historia de las telecomunicaciones móviles de América Latina fácilmente podría dividirse en dos fases. Un inicio caracterizado por altos costos de entrada para los usuarios y un modelo de negocio centrado en los clientes de alto poder adquisitivo. Era mayormente una época caracterizada por teléfonos del tamaño de un ladrillo, cobertura geográfica limitada y una adopción lenta del servicio.

Los primeros servicios móviles comenzaron a llegar a la región durante la segunda mitad de la década de los ’80, con algunos países demorando hasta casi diez años antes de comercializar estos servicios. Entre este grupo tardío de mercados encontramos a Colombia, donde apenas en 1994 dos operadores por región comenzaron a ofrecer servicios de telefonía móvil comercialmente. El modelo de negocios de ese entonces era similar en casi todos los países del mundo: apuntar a un segmento de la población con un ingreso lo suficientemente alto como para costear el valor de un teléfono celular y la cuota mensual del mismo.

La segunda fase de crecimiento de los servicios móviles comienza en uno de los más pequeños países de Europa Occidental, así el antiguo reino que hizo de Brasil sede de su imperio en 1995 regaló al mundo el modelo de facturación comúnmente conocido como prepago. Este modelo, en conjunto con una proliferación de teléfonos móviles de bajo precio un esquema de interconexión identificado como “el que llama paga” destrabaron la puerta para que la telefonía celular pasara de artículo de lujo a eventualmente formar parte de la canasta básica de las personas.

De esta forma, la telefonía celular transformó totalmente el panorama de telecomunicaciones de América Latina y el Caribe al conectar a un número inédito de individuos a la red de telecomunicaciones. Un proceso que redibujo el mapa de infraestructura regional, creó cientos de miles de nuevas oportunidades laborales. En los casos más extremos aceleró el declive de los servicios de telefonía fija y brindó una estocada mortal a los servicios de larga distancia nacional en aquellos mercados donde para servicios móviles solo existía una sola área local a nivel nacional.

La aparición de los servicios de datos aceleró este proceso disipando problemas de interoperabilidad para maximizar adopción e ingresos. Eran los tiempos en que en Brasil a los mensajes de texto se les comenzaba a llamar torpedos y en Japón un servicio de contenidos móviles llamado i-Mode mostraba al mundo la importancia de compensar adecuadamente a los desarrolladores de aplicaciones. Fuera del Oriente, en nuestras costas latinoamericanas, imperaba el modelo del Jardín Cerrado para contenidos. Un fracaso rotundo, sobre todo para los desarrolladores que vieron muchas promesas incumplidas.

Eran tiempos en los que se comenzaba a prometer un nuevo paradigma de comunicaciones con el advenimiento de las redes 3G. El mundo europeo estaba sumergido en un éxtasis digital que no le permitía ver claramente cómo las promesas se iban desmantelando una por una. Así se pasó de la exuberancia en recaudación de dinero, US$ 81.600 millones, por subastas de Reino Unido y Alemania al fiasco de un 2001 en el que se lanzaban redes UMTS sin dispositivos para cumplir con una regulación que no quiso adaptarse a los golpes que brindaba la realidad. Europa sufrió con la asignación de espectro radioeléctrico para 3G más de lo que muchos habrían pensado.

Como en todo caos siempre hay algunos ganadores, los operadores móviles virtuales que habían sido por años desdeñados por los operadores tradicionales se convertían súbitamente en una oportunidad para acelerar el retorno de inversión en licencias 3G. Cualquier similitud con la realidad de la red compartida de México, es pura coincidencia.

La llegada de 3G a Europa y los Estados Unidos no se hizo efectiva en América Latina de forma inmediata. Lejos de las promesas de cobrar sólo por capacidad que a principios de siglo hizo BT Cellnet o la adopción masiva de video llamadas, la región mostraba una dura batalla de estándares tecnológicos que al mundo móvil lo domina no la tecnología sino el dispositivo con el que se accede a la misma.

El paso de los años fue acompañado de teléfonos más potentes y menor tamaño. Había comenzado la segmentación de usuarios por medio del dispositivo que cada vez – iPhone aparte – proliferaban a precios más asequibles. Los esfuerzos de la industria de llevar al mercado teléfonos más potentes a menor precio contribuyeron a incrementar el número de dispositivos móviles con acceso a Internet superior a 1 Mbps – impensable en un mundo donde muchos operadores fijos aún persistían con oferta de conexión de 512 Kbps.

De esta forma, cada vez que una nueva tecnología llegaba al mercado el porcentaje de usuarios con acceso a la misma superaba los dos dígitos. Fue de esta forma que en Argentina los usuarios comenzaron a vivir los avances de LTE, acercamiento distinto al experimentado apenas diez años antes con los primeros servicios de datos lanzados en la región.

Los avances tecnológicos también mostraron a la población que su teléfono celular se iba transformando para dejar a un lado su rol centrado en la telefonía para diversificarse y convertirse en fuente primaria de información y herramienta esencial de trabajo. Así como los agricultores en Guatemala se beneficiaban de mejores precios e información del clima, iniciativas para reducir la obesidad entre infantes había incorporado el lanzamiento de una aplicación sobre nutrición en Perú. El antiguo adagio del cielo es el límite se había vuelto realidad en el mundo de las aplicaciones móviles.

Ese es precisamente nuestro mundo, uno en donde la realidad nos muestra números optimistas cuando lo que se les pide que midan es tan solo una faceta de la verdad. Sí, andamos caminando por una región con cerca de 700 millones de conexiones móviles contratadas por seres humanos y varias decenas de millones adicionales en lo que sería la fase de gestación de las máquinas conectadas. 700 millones de líneas que permiten a más de una persona darse una palmadita en la espalda porque según estimados de consultoras internacionales como IDC o Global Data esto refleja una penetración que oscila entre el 110% al 130% de penetración móvil – los mercados aparentemente están saturados.

Ya cuando todo parece definido, hay quienes desean mirar más allá. En esta ocasión son las cifras del GSMA Intelligence las que indican que menos del 70% de las personas de América Latina y el Caribe poseen una línea celular. Dicho de otra forma, a septiembre de 2018 alrededor de 220 millones de habitantes de la región no cuentan con servicio móvil.

La tasa de subscripciones únicas aún no llega a ese porcentaje y para lograrlo se estima que la inversión necesaria para llevar cobertura al 10% de la población regional que no la tiene supera lo invertido para cubrir a 80%. ¿Cómo adelgazar esta brecha? Sobre todo cuando para 2021 la consultora británica Ovum predice que el 93% de los usuarios que residen en localidades con cobertura móvil podrán acceder a Internet a velocidades que superan los 10 Mbps.

Como aminorar la distancia entre los conectados y no conectados cuando el tráfico generado por aquellos que viven en el mundo móvil se quintuplica hasta alcanzar 3.137 PB mensuales en el 2021  según estimados de Cisco. En otras palabras, la data generada por usuarios móviles en América Latina y el Caribe reflejará una tasa de crecimiento agregado compuesta de 47% durante el periodo 2016 – 2021, en 2016 apenas se cursaban mensualmente 459 PB por redes móviles. Estos números nos ilustran dos verdades muy interesantes, la primera es que los avances tecnológicos además de ofrecer velocidades de conexión más rápidas a los clientes también han reducido el precio de transportar 1 MB de data por sus redes. La segunda no es tan positiva, cada MB compartido por alguien conectado puede representar una oportunidad perdida para un joven con talento e inteligencia que simplemente tiene orígenes humildes y no puede costear muchos elementos de la llamada canasta básica, mucho menos tiempo para preocuparse de cómo escribir un email o visitar la página web. El hambre digital aún no mata al ser humano, la falta de alimentos sí.

Debe ser por esta razón que cuando se habla de la llegada de nuevas tecnologías que permitan soportar la transformación digital de la economía la emoción se vaya diluyendo según la conversación se va alejando de las Cámaras de Comercio locales o las comisiones de desarrollo del gobierno. Las promesas de desarrollo digital facilitadas por la tecnología parecen haber sido transportadas en burro a las localidades que más se beneficiarían de estas. Aquí conceptos como transformación, paradigma, digitalización o economía del conocimiento deben dar un paso atrás para poder explicar como un aparato eléctrico que me comunica con el exterior me ayuda y muchísimo más importante: ¿es asequible su precio?

No es hablar de menor latencia de las redes 5G sobre las 4G, es comentar como el hospital local se beneficiara de la nueva tecnología. Es capacitar a los trabajadores del hospital, es llevar cuentas claras de todos los procesos para rendir cuentas al congreso nacional, es saber que además de cazar pokemones también se salvan vidas. El campo no tendrá su auto conectado a corto plazo, comenzamos a hablar de soluciones para el agro, la minería, la pesca y la ecología. La imaginación es el límite.

Cuando en Colombia nos encontramos con una entidad como el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTIC) que ha ido dando pasos al futuro con iniciativas novedosas para la transformación digital del país, una Agencia Nacional de Espectro que al 3T2018 tenía adjudicado para servicios móviles 1275 de espectro radioeléctrico y una Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) con comisionados expertos en temas de telecomunicaciones es que internalizamos lo difícil que es lograr una inclusión digital que tanto añoramos para la región.

Colombia es un país que ha dedicado años en combatir el analfabetismo digital, ha enfocado sus esfuerzos de inclusión en facilitar la educación y un uso diversificado de las telecomunicaciones. No obstante, la escasez de conectividad sigue presente y las diferencias entre zonas urbanas y rurales continúan existiendo. Lo importante es que bien o mal el primer paso ya está dado, se ha ganado conocimiento de lo que ha ido rindiendo fruto y también de lo que sirvió más de espectáculo para la prensa que para la conectividad.

De todas formas, el futuro puede presentar oportunidades para transformar los obstáculos en oportunidades. Por ejemplo, uno de los departamentos colombianos con menos tasa de uso de telecomunicaciones es la Vichada. Con un territorio casi del mismo tamaño que Cuba o Guatemala, esta jurisdicción cuenta con una población que no alcanza los 100.000 habitantes muchos de los cuales la única cobertura de telecomunicaciones con la que cuentan es satelital – demasiado onerosa para su adopción masiva en uno de los departamentos más pobres del país.

La digitalización de los diversos sectores productivos de la economía podría significar que tanto en la Vichada como en departamentos como Córdoba, Casanare, Guaviare y el Meta, por mencionar algunos, la justificación de expandir la cobertura de redes de telecomunicaciones inalámbricas de alta velocidad no la brinden los seres humanos sino la agregación de dispositivos conectados y los servicios de valor agregado que son parte intrínseca del hospedaje de datos en la nube. Sólo contabilizando el sector agropecuario la Vichada incrementaría en más de 300% la cantidad de dispositivos necesarios para monitorear cada cabeza de ganado. De incluirse agricultura, minería, vehículos, servicios de logística, seguridad y salud, entre otros, la cantidad de dispositivos que requeriría este departamento fácilmente sobre pasaría el millón de líneas conectadas.

El MinTIC indica que para marzo de 2018 Colombia poseía 62,8 millones de líneas conectadas a seres humanos. La consultora Frost & Sullivan nos indica que para 2025 podríamos observar hasta dos nuevas líneas conectadas a redes móviles por cada una contratada por un individuo, en otras palabras potencialmente Colombia pasaría a ser un mercado de 188,4 millones de líneas – superando las 118,2 millones de líneas móviles que reportaba The Competitive Intelligence Unit para México a final de junio 2018.

Este ejemplo de Colombia, fácilmente podría replicarse a través de toda América Latina pues habría más incentivos para tener redes inalámbricas más amplias a las que tenemos en la actualidad. Desafortunadamente, esto no será suficiente para poder llevar servicios de primera necesidad como salud, seguridad y educación a toda la población. Tan sólo hay que recordar que una investigación de la Corporación Andina de Fomento (CAF) concluyó que el 46% de la población de América Latina no tiene acceso a servicios asociados a la conexión a Internet como gobierno electrónico o tele-salud. En otras palabras, ni siquiera un 100% de cobertura nos garantiza que las redes puedan ser utilizadas para fomentar mejoras en la calidad de vida de las personas.

Ante esta eventualidad, tanto el CAF como otras organizaciones han planteado la necesidad de una inversión constante en telecomunicaciones y la necesidad de subsidios gubernamentales para poder encaminar la construcción de infraestructura en lugares donde en la actualidad no existe. Asimismo, los fondos para la conectividad o también llamados para el servicio universal tienen que apuntar a zonas donde no hay en estos momentos redes de telecomunicaciones y en lo posible buscar aliados del sector de telecomunicaciones local, sea privado o público el prestador de servicios.

Muchos me dirán que lo anterior no es nada nuevo. Lo sé es una simple recopilación de mis observaciones durante demasiados años viajando por América Latina y el Caribe. Tiempo en donde he podido presenciar muchas de las dificultades aquí descritas pero también de conversar con los principales expertos de cada país. Siempre encuentro una similitud entre ellos, el deseo sincero de mejorar la situación de su país y de la región.

También he presenciado a la contraparte de los expertos, los eufemísticamente llamados intereses creados representados por un par de billetes, una sonrisa y un puñal en búsqueda de espalda donde reposar. Sí, un desafío muy grande para el desarrollo de América Latina y el Caribe es por un lado la corrupción y por otro las rencillas locales que muchas veces cobran como víctima colateral a gran parte de la población de un país.

Referencias

La imagen es de Pixabay.