Hay lugares a los que uno llega para sentir que nunca se ha marchado. Las olas son las mismas, las calles están en el mismo lugar y las caras se vuelven extrañamente familiares. Pero también hay lugares que parecen reconstruirse cada noche para mostrarse distintos, difíciles de llegar a conocer, simplemente distantes.

El mundo de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) tiene muchas coincidencias con los dos casos anteriores. Hay temas que justifican todas las aseveraciones que se hacen sobre la circularidad de la historia, con un simple cambio de acrónimos la explicación surge de forma independiente. Sin embargo, hay ocasiones donde el tema se vuelve inhóspito, áspero y hostil. Son esos momentos en donde emana la heroicidad de los mercenarios para explicar bondades que nunca se han sentido y conceptos demasiado oscuros para brindar un poco de claridad a tanto espectador. Son luces similares a las de un árbol de navidad.

En este paraíso de las causalidades y contradicciones no es sorpresa toparse con conceptos que cada cierto tiempo son resucitados como soluciones potenciales a problemas mayormente abstractos. Es el triunfo de la especulación sobre la realidad. Una realidad repudiada cada vez más a través de modelos económicos, que en lugar de estudiar seriamente lo cercano reducen las necesidades locales en un puñado de estadísticas nacionales.

Reuniones que ocurren en la oficina, el restaurante o el café, mientras, al final de una calle sin asfaltar, un maestro tiene que hacer maravillas para lograr mantener interesados a sus alumnos. Aunque no cuente con recursos, apoyo y en una eventualidad más común de lo contemplado sin poder cobrar su propio sueldo. Una situación que o no incomoda o no llega a oídos de los altos eslabones de la cadena de valor por ser tan poco dinero. Existen casos tan extremos donde a esos mismos maestros de escuela pública se le prohíbe matricular a su propio hijo en ese complejo parar ahorrar un dinero que tendrá múltiples usos, podría apostar que ninguno con fines pedagógicos.

Mientras cientos de variaciones de esa misma problemática sucede, lentamente van surgiendo campeones que prometen resolver todo con una solución simple: vender su oferta. Las soluciones complejas no son bienvenidas, en la simpleza está la belleza de poder justificar fácilmente los grandes montos de inversión necesarios para alcanzar la modernidad.

Los contenidos, la fibra óptica, el espectro radioeléctrico, los satélites, los centros de datos, los contenidos, los dispositivos, la regulación, los subsidios, el cobre, la fibra coaxial, el láser y la fibra de plástico de una forma u otra han sido puestos a competir como gladiadores del circo romano. Al ganador se le promete como premio algo que eufemísticamente se denomina convergencia pero en realidad es el poder ejercer un rol mesiánico en la ganancia de creyentes de esta religión digital.

La nueva fe binaria no puede germinar, ni afianzarse como creencia en aquellos lugares donde el mercado objetivo no comparte la realidad de los centros urbanos. No se puede exigir el desarrollo de aplicaciones a quien no tiene agua ni electricidad.

La situación se complica si se considera que el modelo tradicional de las telecomunicaciones ha mutado y muchos de sus protagonistas históricos no saben cómo asimilarlo. El nuevo presente se caracteriza por la paulatina merma en importancia de la oferta de acceso a personas o la cada vez menos relevante diferenciación a través de cobertura.

En el mundo de las tuberías y hospedaje de datos lo importante es el contenido. Ergo, el mundo de las brechas digitales y los apóstoles de la conectividad deben abrazar este nuevo paradigma si realmente desean que su colección de buenas intenciones se haga realidad. Hay que abolir la mentira que con simple cobertura todos los problemas de la existencia se acabarían y el camino hacia el desarrollo quedaría completamente allanado.

El nuevo paradigma exige responder no como llevar contenidos, sino como entregar contenidos que sean relevantes para quien los reciba en distintas partes del país. Es fecundar las propuestas con acciones coordinadas. Es hacer todo esto de forma rentable considerando la entrada de actores no tradicionales que en busca de riquezas no necesariamente contemplen los beneficios de atender la necesidad de estos animales supuestamente pensantes llamados seres humanos.

Ante la magnitud de este proyecto, los cambios son obligatorios si lo deseado son resultados y no la tradicional foto al lado de un niño sonriente. De lo contrario, el cigoto digital de la transformación seguirá siendo estéril.

Referencia

La imagen es de Pixabay.