Una de las coincidencias de las distintas religiones de la antigüedad con las de la era moderna es la existencia en ellas de teorías sobre la historia como un fenómeno cíclico. Los griegos, el antiguo Egipto, las religiones dhármicas y el mundo islámico comparten con ideólogos chinos o renacentistas la elaboración de teorías sobre este fenómeno cada vez más familiar en el mundo de la innovación tecnológica.

La única diferencia entre el entorno binario y el de los antiguos imperios es que ya las murallas no se construyen de piedra y las vías de transporte no dependen de la imprevisibilidad del clima. Ahora los caminos incorporan buques de transporte intangibles que en lugar de muelles, precisan de dispositivos más pequeños para llegar a su destino.

Ante este escenario, es imposible pasar un día sin contemplar nuevos ejemplos de cómo la digitalización ha modificado nuestro comportamiento. Sí, nos encontramos apenas en el inicio de un periodo evolutivo que sólo concluirá con la integración de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) a todos los sectores productivos de la sociedad. Una de las consecuencias, como he mencionado en numerosas ocasiones en este espacio, es una mutación de las redes de telecomunicaciones que han perdido su rol de protagonista.

Así como el surgimiento de comunidades sedentarias resultó en un incremento en población, mejoras en la agricultura y la domesticación de animales, paradójicamente la innovación que ha permitido a distintas plataformas tecnológicas ofrecer el mismo servicio ha impulsado el surgimiento del cliente nómada. La pérdida de lealtad a la marca ha ido suplantándose por la lealtad a una conectividad de alta velocidad sin tropiezos o problemas de calidad.

Un futuro donde las tradicionales redes de telecomunicaciones han sido transformadas en simples tuberías de contenidos presenta un panorama aterrador para los prestadores de servicios de telecomunicaciones de nuestro presente. Debe ser una premisa muy dolorosa tener que enfrentar una realidad donde sus redes transporten aplicaciones especializadas de terceros que ofrezcan soluciones deseadas por los usuarios, sea entretenimiento interactivo con amigos, servicios audiovisuales o simple telefonía.

Como si fuese sacado de un libro de historia, la diferenciación es nuevamente la religión del imperio. No obstante, el mandato no es suplantar a estos nuevos dioses con otros más recientes sino rescatar a las antiguas deidades ya conocidas por todos y fortalecerlas al modernizarlas. Hacerlas más cercanas al entorno actual, que evolucionen, así como han evolucionado sus creyentes. Entrar en ese otrora mundo de la producción de contenidos.

La historia nos muestra que todo cambio en las creencias del pueblo, por menor que sea, trae consigo efectos devastadores sobre algunos protagonistas del presente. La simbólica caída del conocido frente a la fortaleza de quien emerge victorioso para reposicionarse como portador valido de una creencia o para demostrar que la ruptura con el pasado no tiene marcha atrás y los antiguos dioses han caducado.

El mundo de las TIC posee un elemento que parece no ser entendido a plenitud por muchos, la diferencia que existe entre un modelo de negocio de contenidos digitales y el que emana inicialmente de conexiones conmutadas que nos han permitido comunicarnos por correo electrónico, mensajería o voz.

La mayor diferencia – generadora de múltiples conflictos – es el carácter aterritorial de las aplicaciones de contenidos. Estas, como dioses que se ocultan tras los rayos del sol, pueden ser hospedadas en múltiples lugares simultáneamente. Se almacenan en templos virtuales que pueden ser accedidos por cualquier usuario que posea la aplicación además de a una conexión de Internet lo suficientemente rápida para evitar problemas de latencia. La nueva deidad ofrece cercanía y flexibilidad, libra a sus seguidores de muchas ataduras.

Contrastando con esta realidad innegable, encontramos a los tradicionales operadores de telecomunicaciones que sólo pueden ofrecer sus servicios en aquellas zonas geográficas en las que poseen una red que soporte sus dispositivos – ergo, la existencia de los servicios de itinerancia (roaming) de las empresas celulares.

Los antiguos dioses sólo pueden ser visitados en sus templos.  Aquellos más ortodoxos se rehúsan a explorar las diferentes alternativas para acercarse a sus seguidores. La innovación no parece ofrecer oportunidades sino blasfemia. No hay poder tras las nuevas deidades, son simplemente moda.

Sin embargo, no se puede subestimar a las nuevas deidades que tienen el poder de acceder a las narrativas de hechos pasados. Los proveedores de contenido pueden aprender una importante lección de la historia de las telecomunicaciones: hay un número finito de clientes que no puede soportar una proliferación exagerada de proveedores, existe un límite sobre cuánto contenido puede consumir un mismo usuario durante el día.

Es por esta razón, que el mundo de los contenidos en sus diversas vertientes deberá en un futuro encontrarse con una concentración de empresas que se traduzca en la creación de unos pocos gigantes globales que sean acompañados por una serie de servicios similares de nicho. La paz entre las nuevas deidades será muy corta.

Hoy día, cualquier persona que se acerca al mundo de los contenidos identificaría a Twitter, Netflix, WhatsApp, YouTube, Instagram y Facebook como algunas de las principales plataformas de contenido que hay en el mercado. Algunas de ellas con relación filial pre-existente, como dioses hijos de un mismo progenitor, estas son de la misma entidad corporativa.

Una vez comience la guerra civil de estas nuevas deidades, uno de los segmentos que enfrentará una fuerte tormenta de fusiones y adquisiciones es el de las plataformas de contenido audiovisual de películas, series, novelas y documentales.

La diferencia a los procesos de concentración de los proveedores de telecomunicaciones es que los productores locales tendrán que competir con los gigantes globales que en la mayoría de los casos los superan ampliamente en la generación de nuevos contenidos que pueden ser consumidos de forma inmediata. El modelo de consumo también ha sido modificado, ya no es necesario construir un templo con tener un vocero que informe de la disponibilidad del servicio es suficiente para quienes cuentan con conexión de Internet a alta velocidad.

Si miramos a Estados Unidos para anticipar que nos espera en América Latina observamos a cada canal nacional de televisión abierta lanzando su propia plataforma audiovisual. La primera línea de batalla contra las nuevas deidades surge de los sacerdotes del pasado que desean independizarse de los antiguos dioses y competir contra entidades como Netflix o Hulu mientras se liberan del yugo de los operadores de televisión paga tradicionales, para comercializarse de forma directa al consumidor.

Por otro lado, viejas deidades han preferido aceptar el cambio de nombre de su Saturnalia para continuar existiendo aunque sea bajo una nueva historia alimentada por la memoria corta de sus feligreses. Entonces con un nuevo manto, las llamadas tuberías buscan entrar al negocio de producción y distribución de contenidos – algunos siendo intolerantes como quienes llaman a una guerra santa en contra del competidor y otros enfocándose en la necesidad exclusividad como diferenciador.

Tanta fragmentación fuerza un reordenamiento del mercado para reducir el número de actores. Aún bajo un esquema politeísta y promiscuo en el consumo de contenidos enfrenta como gran desafío que cada consumidor cuenta con sólo 24 horas por día para el desarrollo de todas sus actividades.

Referencias

La imagen es de Pixabay.