Imaginen al mundo de las telecomunicaciones como un inmenso poema que cambia de tono según su lector. Unos versos, que se transmutan de la épica al romance, dependiendo del humor de un lector, que mientras más avanza, más se compenetra con la obra. Una obra de escritura inacabada, constante, que se nutre de los pensamientos y deseos de todos los que la visitan.

Pero como dijo el poeta: “los verdaderos poemas son incendios”. Y en telecomunicaciones como en la poesía hay quienes inconscientemente se presentan como pirómanos de la realidad al dibujar con palabras un presente ajeno al verdadero. Quizá en telecomunicaciones el poema que ha logrado convertirse en canción popular se titule “La Convergencia”. Con tonada pegajosa es casi imposible no sentirse atraído, o mínimamente curioso, por las embriagantes promesas de su lírica.

“Más he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír” nos advertiría el poeta. Luego de la canción que nos queda si la fantasía no se materializa. Tal vez ese sentido de haber perdido algo que realmente no poseíamos. ¿Sería muy distinto de comenzar a creer falsedades por el simple hecho de que son repetidas hasta la saciedad?

Prefiero pensar que no, que contrario a lo que nos dicta el poeta “la tumba tiene más poder que los ojos de la amada” y la razón intenta penetrar la coraza que impone la poesía. Como es de suponer la batalla es desigual, dolorosa y sonriente. Es mirar señalar el horizonte para criticar los propio asegurando que allí, en la misma tierra donde Macedonio y un veinteañero Jorge conversaban de la individualidad, los que llevan temporalmente el control han logrado con un poco de tinta y papel alcanzar la bendita convergencia que acabará con el subdesarrollo e impulsará por medio de paquetes las bondades de la modernidad.

Cruzo la cordillera que impone la frontera entre la tierra de Macedonio y la del poeta para intentar buscar una explicación. Su respuesta es criptica: “hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.” ¿Acaso me quiere decir que para un aprendiz de juglar la convergencia existe sin trabas ni criticas cuando se habla con acento extranjero? ¿Cómo poder entender el desprecio a circunstancias propias mientras se aceptan momentos foráneos sin crítica? ¿Se puede hablar de tesoros y grandes gestas cuando no hay metodología que explique la selección de ciertas urbes para que haya convergencia y la veda a su implementación en otras? ¿Por qué inundar los versos con castas, cadenas y prejuicios?

“Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos” nos advertiría el poeta al recordarnos que los versos también permiten la formulación de espejismos que se alimentan por el deseo de una realidad descrita pero no vista. Es muy fácil vender ilusiones cuando la alegría tiene una larga memoria y aquello que nos hiere la tiene tan corta.

Paradójicamente esa es la virtud de la poesía, lograr refrescarnos la memoria de forma sutil. Llevarnos desde la alegría a la meditación con un puñado de versos. Activar los recuerdos para transportarnos por al menos unos pocos segundos a ese lugar inolvidable de nuestra historia personal. Y como gran arquetipo de la existencia nos transporta por ese camino circular donde el inicio y final son un mismo punto.

Tal vez la lección en el mundo de la convergencia sea que la realidad de las telecomunicaciones es la que está presente, no las que los juglares nos quieren vender.

O como ya lo había advertido el poeta: “la vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”.

Referencia

La imagen es de Pixabay.

Esta columna se publicó originalmente en el diario El Economista de México.